PARTE 2
Efraín sacó del bolsillo varios recibos manchados y los colocó sobre la mesa. Eran pagos firmados por Hilario Valdivia, hermano de Julián.
—Nos daba 1,500 pesos por cada res —confesó—. Él las revendía y decía que, cuando usted se asustara, compraría el rancho barato. Nosotros aceptamos porque mis hijos tenían hambre. No lo justifico. Solo vine a decirle quién se estaba llenando los bolsillos con su miedo.
Hilario llegó esa misma tarde, furioso porque Dolores lo había citado delante de Mateo y Efraín.
—Ese rancho pertenece a los Valdivia —escupió—. Julián murió sin dejar hijos. Tú solo eres una viuda aferrada a algo que nunca podrá continuar.
Dolores palideció. Durante años había soportado que su cuñado usara su infertilidad como una herida abierta, pero esa vez no bajó la mirada.
—Julián me dejó las escrituras. Tú no querías salvar su legado; querías robármelo.
—Te hice un favor. Sola terminarás muerta o vendiendo por nada.
Mateo dio un paso, pero Dolores levantó la mano.
—No necesito que hables por mí. Hilario, sal de mi tierra. Si vuelves, entregaré estos recibos al Ministerio Público.
El cuñado sonrió con desprecio antes de marcharse.
—Vas a arrepentirte de elegir a ladrones y forasteros sobre tu propia familia.
Dolores miró entonces a Efraín.
—Lo que hiciste me quitó dinero, sueño y dignidad. No voy a fingir que no dolió. Pero también recuerdo a mi padre regresando sin jornal y a mi madre repartiendo una tortilla entre 4 personas. Te daré trabajo. Tendrás salario y techo para tu familia. La condición es sencilla: jamás volverás a tomar lo ajeno.
Efraín se arrodilló llorando.
—Se lo pagaré trabajando hasta que no me queden fuerzas.
—Levántate. Aquí nadie trabaja de rodillas.
Al día siguiente llegaron su esposa Maribel, pálida por una infección mal atendida, sus 5 hijos y los otros 2 hombres, Beto y Chuy. Dolores habilitó una bodega para ellos. Mateo reparó el molino, curó a una becerra enferma, domó un potro y organizó las faenas sin intentar ocupar el lugar de la dueña. En pocas semanas, El Mezquite volvió a llenarse de martillazos, risas infantiles y olor a tortillas recién hechas.
Dolores empezó a observarlo desde la cocina. Mateo enseñaba a los niños a acercarse a Relámpago sin asustarlo y trataba a cada animal con la paciencia que había tenido Julián. Aquello le provocaba culpa y esperanza al mismo tiempo.
Un domingo subió a la tumba de su esposo.
—Te amé con todo lo que fui —susurró—. Pero no creo que hayas querido dejarme enterrada contigo.
Cuando bajó, Mateo la esperaba junto al corral.
—Fui a hablar con Julián.
—¿Y qué dijo?
—Que ya sufrí suficiente.
No necesitaron decir más.
Durante esos días, Dolores llevó los recibos al Ministerio Público. Le advirtieron que la investigación sería lenta porque Hilario conocía a varios compradores y había movido las reses entre distintos municipios. Efraín aceptó declarar aun sabiendo que también podía ser procesado. Ese gesto terminó de convencerla de que su arrepentimiento era verdadero. Mateo no pidió clemencia para él; solo permaneció cerca, recordándole que una segunda oportunidad también exigía asumir las consecuencias.
La paz duró 3 semanas. Después aparecieron 6 camionetas y varios hombres armados. Al frente venía Ramiro Alcántara, apodado El Cuervo, extorsionador de ranchos de la región. A su lado, con camisa limpia y mirada satisfecha, estaba Hilario.
—Quiero 20 reses hoy y 5 cada mes —ordenó El Cuervo—. O firman la venta del rancho a Hilario y nos evitamos problemas.
Mateo se plantó frente al grupo.
—Aquí no se entrega ganado ni se venden escrituras.
El Cuervo le concedió 3 días. Cuando se fueron, Mateo organizó la defensa y mandó a Maribel y a los niños con unos parientes. Dolores se negó a abandonar su casa.
—Mi esposo está enterrado en esa colina. Yo me quedo.
La noche anterior al ataque, Mateo le tomó la mano.
—Llegué aquí huyendo de todo lo que pudiera amar. Ahora tengo miedo de perderte.
—Yo llevaba 3 años respirando sin vivir. Tú me devolviste las ganas de despertar.
Al amanecer, las camionetas entraron levantando polvo. Las trampas de Mateo frenaron a los primeros hombres y los peones respondieron desde posiciones protegidas. En medio de los disparos, Dolores oyó abrirse la puerta trasera.
Se volvió y encontró a Hilario dentro de la cocina. Había quitado el cerrojo desde fuera y le apuntaba al pecho.
—Perdóname, cuñada —dijo—, pero este rancho siempre debió ser mío.