PARTE 1
Daniel Robles pensaba que la vida por fin le estaba pagando lo que le debía.
A los 32 años ya no era el muchacho que vendía dulces en los cruceros de Iztapalapa bajo el solazo.
Ahora era dueño de una constructora con oficinas en Santa Fe, camionetas nuevas, contratos grandes y gente que le decía “ingeniero” aunque él nunca olvidaba de dónde venía.
Pero su mayor orgullo no era la empresa.
Era doña Clara, su madre.
La mujer chaparrita, de manos ásperas y espalda cansada, que lavó ropa ajena durante años para que él pudiera estudiar.
Daniel le había comprado una casa bonita en Coyoacán, con jardín, piso brillante y una recámara soleada donde ella pudiera tomar cafecito sin preocuparse por nada.
—Ya no vas a sufrir, jefecita —le decía siempre.
Doña Clara solo sonreía.
Luego apareció Valeria Altamirano.
Guapa, elegante, de familia de Polanco, con voz suave y vestidos que parecían sacados de revista.
Frente a Daniel era un encanto.
Le llevaba pan dulce a doña Clara, le acomodaba el rebozo y hasta le besaba la frente.
—Ay, Daniel, tu mamá es como mi segunda mamá —decía con una sonrisa perfecta.
Daniel la miraba y pensaba que Dios le había mandado a la mujer correcta.
Pero doña Clara veía otra cosa.
Veía cómo Valeria cambiaba la cara apenas Daniel salía.
Veía cómo limpiaba con cloro el vaso que ella usaba.
Cómo le decía “estorbo” en voz baja.
Cómo suspiraba con fastidio cuando la señora caminaba lento por la sala apoyada en su bastón.
Doña Clara no decía nada.
Porque las madres a veces se tragan el miedo para no romperle la felicidad a sus hijos.
—Mientras mi muchacho esté contento, yo aguanto —murmuró una tarde.
Daniel no entendió.
O no quiso entender.
Hasta aquel martes.
Tenía un vuelo a Nueva York para cerrar el contrato más importante de su vida.
Valeria le ajustó la corbata en la entrada.
—Vete tranquilo, amor. Tu mami se queda en las mejores manos.
Doña Clara lo bendijo.
Daniel la abrazó y sintió algo raro.
Su madre temblaba.
Como si quisiera decirle algo, pero se lo estuviera tragando con dolor.
Subió a la camioneta.
El portón se cerró.
Pero a medio camino al aeropuerto metió la mano al portafolio y se quedó helado.
El pasaporte no estaba.
Lo había olvidado en el despacho.
—Martín, regrésate. Rápido, por favor.
15 minutos después entró por la puerta lateral sin avisar.
La casa estaba demasiado callada.
No sonaba la televisión.
No olía a café.
Solo se escuchó un golpe seco.
Luego otro.
Y después una voz rota.
—¡No me pegues más, por favor!
Era doña Clara.
Daniel caminó hacia la cocina sin respirar.
Y lo que vio le partió la vida en 2.
Su madre estaba tirada junto a la alacena, con el bastón partido, el café derramado y el labio sangrando.
Valeria estaba de pie frente a ella, con la mano levantada y la cara deformada por la rabia.
—Vieja mugrosa —escupió—. Cuando Daniel se case conmigo, te vas a un asilo aunque tengas que irte arrastrando.
Daniel no pudo moverse.
Porque el ángel con el que iba a casarse acababa de convertirse en el monstruo de su propia casa.