Mi esposo anunció que iba a ser papá en el baby shower de mi hermana, mientras mi mamá me obligaba a servir los tamales como si yo fuera la empleada de la familia.
Yo estaba parada junto a la mesa del mole verde, con las manos manchadas de masa y el corazón hecho pedazos, cuando Ramiro levantó una copa de agua de jamaica y sonrió como si acabara de ganar la lotería.
—Gracias por estar aquí —dijo—.
Hoy Mariana y yo queremos compartir una noticia.
Mi hermana, sentada bajo un arco de globos blancos y dorados, se tocó la panza.
Tenía 3 meses de embarazo.
Yo ya lo sabía, pero verlo convertido en fiesta, con mis tías aplaudiendo y mi madre llorando de emoción, me hizo sentir que me estaban enterrando viva en mi propia casa.
—Vamos a formar una familia —dijo Ramiro.
Las mujeres gritaron.
Una prima empezó a grabar con el celular.
Mi mamá se persignó.
—Bendito sea Dios, por fin una alegría.
Yo dejé caer la charola.
Los tamales se abrieron sobre el piso del patio, frente a todos.
Ramiro volteó hacia mí.
Mariana también.
Pero ninguno se veía avergonzado.
Al contrario, parecían molestos porque yo había interrumpido su momento perfecto.
—¿Familia?
—pregunté, sintiendo que me ardía la cara—.
¿Así le llamas a embarazar a mi hermana mientras sigues casado conmigo?
El patio quedó en silencio.
Hasta los niños dejaron de correr.
Mi mamá se acercó rápido.
—Lucía, no hagas escándalo delante de la gente.
—¿Escándalo yo?
—me reí, pero se me quebró la voz—.
El escándalo lo hicieron ellos en mi cama, mamá.
Mariana se levantó con dificultad.
—No fue así.
—¿Entonces cómo fue?
¿También te dijo que yo estaba muerta?
Ramiro apretó los dientes.
—Yo te iba a explicar.
—¿Cuándo?
¿Después de que naciera el bebé?
¿O después de que firmara el préstamo para tu negocio falso?
Mi mamá abrió los ojos.
—¿Qué préstamo?
Ahí todos volvieron a mirar a Ramiro.
Él intentó acercarse a mí, pero levanté la mano.
—No me toques.