PARTE 1
—Tu madre no vuelve a poner un pie en esta casa —escupió Javier, segundos antes de levantar la mano y cruzarle la cara a mi mamá frente a toda su familia.
El sonido del golpe rebotó en la sala como si hubieran quebrado un plato contra el piso. Mi mamá, doña Lupita, perdió el equilibrio y cayó sobre la alfombra, con una mano en la mejilla y los ojos llenos de lágrimas que ni siquiera se atrevía a soltar. Yo me quedé inmóvil.
La comida seguía servida en la mesa: arroz rojo, mole recalentado y una olla de caldo que ya se había enfriado. Mi mamá había llegado esa tarde desde su pueblo, cerca de Tepatitlán, con una bolsa llena de nopales, queso fresco, tortillas hechas a mano y un pollo rostizado que compró en la central camionera porque, según ella, “no podía llegar con las manos vacías”.
Yo le había dicho que se sentara, que descansara, que ya no tenía edad para andar limpiando casas ajenas. Pero mi mamá nunca supo quedarse quieta. Mientras yo terminaba unas llamadas de trabajo, ella se puso a barrer, a recoger platos y a acomodar cosas, como si quisiera ganarse el derecho de ser bien recibida.
El problema empezó cuando entró al cuarto de Vanessa, la hermana menor de Javier. Al limpiar el buró, tiró sin querer un frasco de crema carísima que Vanessa presumía como si fuera una joya. El vidrio se rompió contra el piso y el líquido blanco se regó entre los pedazos.
Vanessa apareció gritando como si mi mamá hubiera incendiado la casa.
—¡Vieja metiche! ¿Quién le dijo que entrara a mi cuarto? ¡Esa crema cuesta más que todo lo que trae puesto!
Mi mamá se agachó, temblando, a juntar los vidrios con las manos.
—Perdón, mijita, yo se la pago poquito a poquito…
—¿Con qué? ¿Con gallinas? —se burló Paola, otra de mis cuñadas, que bajó corriendo al escuchar el escándalo.
Doña Carmen, mi suegra, apareció detrás de ellas con su cara de reina ofendida. En lugar de detenerlas, se plantó con las manos en la cintura.
—Eso pasa por traer gente de rancho a una casa decente. No saben tocar nada sin echarlo a perder.
Mi garganta se cerró. Durante años me había tragado comentarios parecidos. Que mi familia era humilde. Que yo había tenido suerte de casarme con Javier. Que gracias a ellos ahora vivía “como señora”. Lo decían aunque la casa de tres pisos en Providencia la estuviera pagando yo, aunque los muebles, el coche, las colegiaturas atrasadas de sus hermanas y hasta los tratamientos de doña Carmen salieran de mi trabajo.
Javier llegó cuando los gritos ya habían llenado toda la planta baja. Vanessa lloraba abrazada a doña Carmen, Paola y Brenda hablaban al mismo tiempo, exagerando todo. Mi mamá seguía agachada, pidiendo perdón.
Javier no preguntó nada.
Caminó directo hacia mi madre, rojo de coraje, y le soltó la cachetada.
Ahí algo dentro de mí se apagó.
No grité. No lloré. No hice una escena. Me acerqué a mi mamá, la levanté del suelo y le limpié la mejilla con la manga de mi blusa. Luego miré a Javier, tan fijo que él bajó la mano como si acabara de darse cuenta de lo que había hecho.
Sonreí. Una sonrisa seca, helada, de esas que no anuncian perdón, sino entierro.
—Te quedan tres hermanas solteras, Javier —dije despacio—. Desde hoy, tú vas a mantenerlas, servirles y aguantarles sus berrinches.
La cara se le puso blanca.
—Mariana, no exageres…
No lo dejé terminar. Tomé a mi mamá del brazo y subí con ella a la recámara. Cerré con seguro. Saqué la maleta grande del clóset y empecé a guardar documentos: escrituras, contratos, estados de cuenta, pólizas, joyas, identificaciones y las tarjetas que estaban a mi nombre.
—Mija, no destruyas tu matrimonio por mí.
Me arrodillé frente a ella.
—No lo estoy destruyendo por usted. Ellos lo destruyeron desde hace años. Hoy nomás me quitaron la venda.
Bajé con la maleta en una mano y mi madre en la otra. Doña Carmen me gritó desde la sala:
—¡Si sales por esa puerta, no vuelvas nunca! ¡Mujeres sobran!
Pasé junto a ella sin mirarla. Javier intentó ponerse enfrente, pero se hizo a un lado cuando vio mis ojos.
Esa noche pedí un taxi y cerré la puerta del coche con una calma que me dio miedo hasta a mí.
No podía creer lo que estaba a punto de hacerles…