En el momento en que escuché a mi prometido reírse de mi muerte, dejé de ser una novia.
Me quedé inmóvil, descalza, en el pasillo de la casa de su madre, apretando contra mi pecho el abrigo que había olvidado, mientras el hombre al que amaba hablaba con absoluta tranquilidad sobre cuánto tiempo tardaría en heredar todo lo que me pertenecía.
Treinta minutos antes, estaba brindando con champaña junto a mi futura suegra, Patricia Villaseñor, bajo las enormes lámparas de cristal que tanto presumía, asegurando siempre que habían sido traídas directamente de Murano, en Italia.
Mi boda sería a la mañana siguiente.
Ella me había sonreído, besado la mejilla y dicho que yo era «la hija que nunca tuvo».
Entonces me preguntó si ya había firmado el acuerdo prenupcial modificado.
—Lo revisaré esta noche —respondí.
Su sonrisa se tensó apenas.
—Diego me dijo que ya habías aceptado.
—Acepté analizarlo, no firmarlo.
Los ojos de Patricia se enfriaron.
—El matrimonio requiere confianza, Camila.
—Y los documentos también —contesté.
Preferí irme antes de que la conversación empeorara.
Cuando ya estaba a mitad del camino hacia mi automóvil, una ráfaga de aire frío atravesó mi vestido y recordé que mi abrigo seguía colgado junto a la biblioteca.
La puerta principal no había cerrado por completo.
Entré en silencio.
Y entonces escuché voces provenientes del despacho, cuya puerta permanecía entreabierta.
—Está empezando a sospechar —dijo Patricia.
Diego soltó una pequeña carcajada.
—Camila cree que por haber sido abogada corporativa es más inteligente que todos. Después de casarnos se relajará.
—¿Y si se niega a transferir las acciones de la empresa? —preguntó Patricia.
—No lo hará. Seguiré actuando como el esposo perfecto hasta que firme. Después, un accidente en Valle de Bravo resolverá el problema.
Sentí que toda la sangre abandonaba mi cuerpo.
Una tercera voz habló.
Era Rodrigo Salas, nuestro organizador de bodas y mejor amigo de Diego desde la universidad.
—La lancha ya fue revisada —dijo Rodrigo—. La fuga de combustible ocurrirá lo suficientemente lejos de la orilla. Todos saben que Camila no sabe nadar.
Patricia soltó una risita.
—Mi hijo se verá muy elegante como viudo.
Saqué lentamente mi teléfono y lo acerqué a la abertura de la puerta.
Grabé cada palabra.
Entonces Diego dijo algo todavía peor.