A mis 80 años ya había aprendido tres cosas importantes: no prestar plata, no discutir con el televisor y no abrir la puerta sin mirar por la mirilla.
Pero ese martes me olvidé de la tercera.
Abrí pensando que era la vecina que venía a devolverme un tupper… y casi me desmayo.
Ahí estaba Osvaldo.
Mi ex marido.
El mismo que se fue de casa hace 40 años diciendo que “necesitaba encontrarse a sí mismo” y, por lo visto, se encontró… pero bastante baqueteado.
Estaba con una valijita, un bastón y una cara de perro abandonado que no se la creía ni él.
—¿Matilde? —me dijo, con voz temblorosa.
—No, Susana Giménez —le contesté—. ¿Qué querés?
El hombre suspiró como si viniera de cruzar el desierto.
—Vine porque… bueno… estoy solo, grande, me cuesta cocinar, limpiar… pensé que tal vez vos…
Lo miré de arriba abajo y crucé los brazos.
—¿Pensaste que tal vez yo qué?
—Que podrías cuidarme un tiempo —dijo, bajando la voz—. Como antes.
Me quedé dura dos segundos. Después me largué a reír tan fuerte que se me salió la dentadura de arriba. La agarré en el aire con una dignidad que no sentía.
—¿Vos te fuiste con una secretaria de 22 años, me dejaste con dos chicos, una heladera vacía y una deuda en la ferretería… y ahora venís a pedir servicio geriátrico?
—Bueno, dicho así suena feo…
—¡Porque es feo, Osvaldo!
El tipo hizo un pucherito de viejo arrepentido.
—Yo sé que cometí errores…
—No fueron errores, fueron una colección completa. Te faltaba álbum nomás.
Me pidió un vaso de agua. Se lo di, porque una tiene modales… pero también memoria.
Se sentó en mi sillón favorito como si todavía viviera ahí y miró alrededor.
—Qué linda te quedó la casa.
—Sí, la armé sola. Sin vos, mirá qué casualidad.
—Seguís teniendo carácter…
—Y vos seguís teniendo descaro.