—Perdón por llegar tarde —dijo Mariana, entrando al restaurante con un niño dormido en brazos, 1 tenis desamarrado y la cara de quien ya no tenía dignidad disponible para perder.
Alejandro Montes levantó la vista desde la mesa junto a la ventana y, por 3 segundos, pensó que la mujer se había equivocado de cita.
La foto del perfil mostraba a una joven de cabello suelto, sonrisa tranquila y blusa azul. La mujer que acababa de cruzar la puerta de aquel restaurante en la Roma Norte venía despeinada, con un bolso enorme de pañales colgando del hombro, ojeras marcadas y un niño de 5 años dormido contra su pecho, aferrado a un dinosaurio verde de plástico.
La hostess la miró con la misma confusión que Alejandro.
Mariana lo vio y se quedó helada.
—Ay, no —murmuró.
—Lo siento muchísimo. Sé que llegué tarde. El tráfico estuvo horrible, la niñera canceló hace 40 minutos, llamé a 3 personas, nadie pudo venir, y yo ya le había cancelado 2 veces. Si cancelaba otra vez, usted iba a pensar que no me interesaba.
Alejandro se puso de pie por reflejo.
—Hola.
—Hola —respondió ella, respirando como si hubiera corrido desde Insurgentes.
Ninguno supo qué hacer después.
El niño seguía dormido, con la mejilla aplastada contra el hombro de Mariana. El dinosaurio casi cayó. Ella lo atrapó con 2 dedos. El bolso resbaló al piso. Una cajita de jugo salió rodando bajo la mesa. Un mesero la detuvo con el zapato.
—Gracias —dijo Mariana, queriendo desaparecer.
Alejandro retiró una silla.
—Siéntese antes de que se le caiga todo el mundo encima.
Ella soltó una risa nerviosa.
—Ya se me cayó hace rato. Solo lo estoy cargando en partes.
Ese comentario lo hizo sonreír.
Se sentaron. Durante unos segundos, solo hubo ruido de cubiertos, música suave y la respiración profunda del niño.
—¿Cómo se llama? —preguntó Alejandro, señalando al pequeño.
—Nicolás. Pero todos le dicen Nico.
—¿Y el dinosaurio?
Mariana cerró los ojos con resignación.
—Don Mordelón.
Alejandro soltó una carcajada sincera.
—Gran nombre.
—Tenía 3 años cuando lo bautizó. Fue una etapa intensa.
—A los 5 sigue teniendo criterio.
Mariana sonrió por primera vez sin tanta vergüenza.
El mesero llegó. Ella eligió lo más barato del menú. Alejandro lo notó, pero no dijo nada. Pidió pasta, sopa, pan para compartir y una pizza pequeña “por si el general despierta”.
—Es demasiada comida —protestó ella.
—Entonces nos llevamos sobras.
Mariana abrió la boca para discutir, pero parecía demasiado cansada para pelear contra la generosidad bien disfrazada.
Durante 15 minutos, la cita casi pareció normal. Mariana era maestra de preescolar en una escuela de Coyoacán. Alejandro dirigía una empresa de tecnología financiera. A ella le gustaban los cuentos infantiles, los domingos sin alarma y el café muy cargado. A él le gustaban las caminatas por el Desierto de los Leones, las películas viejas de ciencia ficción y fingir que entendía de plantas aunque todas se le murieran.
Mariana tenía un humor seco, rápido, de esos que aparecen cuando una persona ha tenido que sobrevivir demasiadas cosas sin ponerse dramática.
Entonces Nico despertó.
Abrió los ojos, vio a Alejandro y se quedó mirándolo como si fuera una especie nueva.
Alejandro lo miró de vuelta.
—¿Quién es ese? —preguntó Nico.
Mariana casi se ahoga con el agua.
—Es Alejandro.
—¿Por qué?
Alejandro se cubrió la boca para no reír.
—Es una pregunta justa.
—Porque así se llama —dijo Mariana.
Nico lo observó de arriba abajo: reloj, camisa, zapatos, postura.
—¿Eres rico?
El agua se le fue por la nariz a Alejandro.
Mariana dejó el vaso con un golpe suave.
—¡Nico!
—¿Qué?
—Eso no se pregunta.
—¿Por qué no?
—Porque es grosero.
Nico frunció el ceño y volvió a mirar a Alejandro.
—Te ves caro.
Hubo silencio.
Después Alejandro se rió tanto que casi tiró su copa.
Mariana se tapó la cara con las manos.
—Perdón. De verdad, perdón. No sé dónde aprendió eso.
—No se disculpe. Es lo más honesto que alguien me ha dicho en meses.
Nico pareció orgulloso. Luego tomó 1 pedazo de pizza, 2 papas del plato de Alejandro y un poco de su pasta sin pedir permiso.
Al terminar la cena, Alejandro comprendió algo raro: se había divertido más en aquella cita desastrosa que en todas las cenas elegantes a las que había ido en el último año.
Nadie fingía. Nadie actuaba perfecto. Mariana no intentaba impresionarlo. Estaba demasiado ocupada evitando que Nico bebiera aceite de oliva.
Y eso la hacía real.
Al salir, la noche de la Ciudad de México estaba fresca. Las luces de los autos mojaban la calle con reflejos rojos y blancos. Nico volvió a dormirse en brazos de Mariana.
Alejandro los acompañó al coche.
Cuando ella acomodaba al niño en la sillita, Nico murmuró con los ojos cerrados:
—Mamá…
Mariana se quedó inmóvil.
Un dolor antiguo le cruzó la cara. No duró mucho, pero Alejandro lo vio.
Ella acarició el cabello del niño.
—No, mi cielo. Soy tía Mariana.
Nico suspiró y volvió a dormirse.
Alejandro guardó silencio.
De pronto, toda la noche cambió. Ya no era solo una cita absurda. Había una historia escondida en la forma en que Mariana sostenía a ese niño, en sus ojeras, en el cansancio que ella convertía en chiste para no romperse.
—Gracias por no salir corriendo —dijo ella, cerrando la puerta del coche.
Alejandro sonrió.
—Yo estaba pensando lo mismo.
Ella rió, esta vez sin vergüenza.
Alejandro se dijo que la invitaría otra vez para tener una cita normal.
La segunda cita también tuvo a Nico.
La tercera, igual.
Para la cuarta, dejó de fingir sorpresa.
—Juro que no intento traer chaperón —decía Mariana cada vez.
Alejandro miraba a Nico, que normalmente llegaba con Don Mordelón en una mano y una galleta en la otra.
—Es más interesante que muchos adultos que conozco.
Nico lo aceptó como verdad científica. Desde la segunda cita, dejó de llamarlo Alejandro y lo rebautizó:
—Señor Zapatos Brillantes.
—Se llama Alejandro —corregía Mariana.
—No. Sus zapatos brillan.
Alejandro bajó la vista.
—Un poco sí brillan.
—¿Ves? —dijo Nico.
Y el nombre se quedó.
Sus encuentros se volvieron una mezcla de romance, caos y vida real. Café en el parque México mientras Nico subía 37 veces al mismo resbaladero. Cena en una fonda donde declaró que los chícharos eran “bolitas de tristeza”. Una librería donde Mariana le leyó un cuento de dinosaurios con 5 voces distintas, y Alejandro se quedó viéndola como si hubiera encontrado una manera nueva de entender la ternura.
Ella estaba cansada siempre.
Él lo notaba. La forma en que parpadeaba lento al sentarse. Las barras de cereal escondidas en todos los bolsillos. El celular que revisaba con miedo cada vez que vibraba, como si siempre esperara una mala noticia.
Trabajaba en la escuela por la mañana y 3 noches a la semana cuidaba niños en un centro comunitario para completar la renta.
—¿Cuándo descansas? —preguntó Alejandro una tarde.
—A veces en los semáforos.
Él creyó que era broma, hasta que la vio cerrar los ojos 6 segundos en un alto de División del Norte.
La primera vez que Alejandro cuidó a Nico solo, entendió la magnitud del huracán.
Mariana tenía una junta urgente en la escuela y no encontró quién lo cuidara. Alejandro ofreció su departamento en Polanco, convencido de que podía manejar a un niño por 2 horas.
A los 20 minutos, no estaba bien.
Nico convirtió los cojines del sofá en hospital de dinosaurios, usó 3 cucharas como instrumentos quirúrgicos, amarró la corbata de Alejandro alrededor de Don Mordelón y le puso pasta de dientes al perro golden retriever del vecino porque, según él, “un guerrero necesita rayas de batalla”.
Luego perdió 1 zapato.
Alejandro buscó debajo del sillón, dentro del refrigerador, detrás del baño y en una maceta.
—Los adultos entran en pánico raro —comentó Nico, sentado en el piso.
La tragedia final ocurrió cuando Alejandro salió al pasillo para devolver al perro. Nico cerró la puerta. El seguro automático cayó.