“Vivo sola… los ladrones no me dejan dormir. Necesito un hombre que me proteja”, dijo la viuda.
PARTE 1
—Si esta noche vuelven, quizá mañana encuentren mi cuerpo tirado junto al pozo —confesó la viuda al desconocido que solo se había detenido a pedir agua.
El sol desaparecía detrás de los cerros de Los Altos de Jalisco cuando Dolores Valdivia vio al jinete frente a la entrada del rancho El Mezquite. El hombre parecía vencido por el camino; su caballo alazán, Relámpago, llevaba las patas cubiertas de polvo y respiraba con dificultad. Dolores apretó la escopeta escondida detrás del cántaro. Desde que su esposo Julián murió corneado por un toro 3 años antes, ningún extraño llegaba al anochecer con buenas noticias.
—Buenas tardes, señora. ¿Podría darles agua a mi caballo y a este cristiano terco que lo monta?
La cortesía del hombre la desconcertó. Tendría unos 46 años, barba crecida, manos de jornalero y ojos demasiado tristes para pertenecer a un ladrón. Dolores le acercó el cántaro y señaló el abrevadero.
—Beba. Después atienda a su animal.
Él tomó el agua como si fuera un regalo imposible.
—Me llamo Mateo Rentería. Que Dios se lo pague.
Dolores quiso responder con frialdad, pero las semanas sin dormir le rompieron la prudencia.
—Vivo sola. Ya me robaron 8 reses. Cortan el alambre, entran de madrugada y saben exactamente dónde está cada corral. Mi cuñado Hilario insiste en que venda el rancho porque, según él, una mujer sin hijos no tiene nada que defender. Hoy volvió a ofrecerme menos de la mitad de su valor. Si los ladrones regresan, no sé si vendrán únicamente por las vacas.
Mateo dejó de beber. Miró la casa de adobe, el molino detenido, las cercas remendadas y las pocas reses que quedaban.
—¿Qué me está pidiendo?
—Protección durante unos días. Le daré comida, un cuarto y lo que pueda pagarle. No busco marido ni dueño. Este rancho sigue siendo mío.
La última frase le salió con la dureza de quien llevaba años defendiéndose incluso de la familia. Mateo observó la colina donde estaba la cruz de Julián y bajó la mirada.
—Hace 4 años enterré a mi esposa Elena y al hijo que esperábamos. El parto se complicó y el médico llegó demasiado tarde. Después perdí mi tierra por deudas. Desde entonces trabajo donde me reciben y me voy antes de encariñarme.
Dolores sintió que hablaba con alguien que conocía su misma oscuridad.
—Entonces sabe lo que significa quedarse sin casa aunque todavía existan las paredes.
Mateo acarició el cuello de Relámpago.
—Me quedaré hasta que dejen de venir. No prometo más porque hace tiempo dejé de prometer futuros.
Aquella noche cenaron frijoles de la olla, carne seca y tortillas calentadas en el comal. Luego Mateo se sentó en el corredor con su rifle. Dolores, por primera vez en meses, durmió sin abrazar la escopeta.
Cerca de la medianoche, Mateo oyó las pinzas mordiendo el alambre. Encontró a 3 hombres cubriendo la cabeza de 2 vacas para sacarlas sin ruido. Apuntó al que llevaba rifle, pero el viento le trajo una frase.
—Apúrate, Efraín. Los niños llevan 2 días comiendo solo tortillas con sal.
Mateo salió de la sombra con el arma hacia el suelo.
—Suelten las vacas.
Los hombres se paralizaron. Efraín, flaco y tembloroso, levantó su rifle.
—Pude matarlos antes de que me vieran —continuó Mateo—. No lo hice porque escuché lo de tus hijos. Pero tampoco permitiré que condenes a otra familia para salvar a la tuya.
—No hay trabajo —respondió Efraín—. Mi esposa está enferma y tengo 5 hijos. Uno hace cosas sucias cuando escucha llorar de hambre a los suyos.
—Mañana vuelves solo, desarmado y a plena luz. Le pedirás perdón a la dueña. Tal vez aquí puedas ganarte el pan sin robarlo.
Efraín bajó el rifle. Los 3 soltaron las reses y desaparecieron entre los mezquites.
Al amanecer, Dolores descubrió la cerca cortada. Cuando Mateo le contó lo ocurrido, ella estalló.
—¡Te pedí que me protegieras, no que perdonaras a quienes me están arruinando!
Mateo aceptó el reclamo sin defenderse. Antes de que pudiera explicar más, un hombre apareció por el camino con el sombrero entre las manos. Era Efraín.
Se detuvo frente a Dolores, tragó saliva y dijo:
—Vengo a devolverle algo más importante que una vaca: la verdad. Nosotros robábamos por hambre, pero alguien de su propia familia nos enseñó por dónde entrar.
¿Tú escucharías al ladrón o lo echarías de inmediato? Cuéntalo, comparte la historia y busca la siguiente parte en los comentarios.