Instalé una cámara para pillar a mi mujer engañándome; lo que vi fue aún peor.
A sus 39 años, Raúl Mendoza creía conocer perfectamente a las 2 personas en quienes más confiaba.
Verónica, su esposa, administraba las cuentas de la empresa familiar.
Esteban, su hermano mayor, dirigía el área comercial.
Raúl se encargaba de todo lo demás.
Instalaciones Mendoza había comenzado 28 años atrás, cuando don Julián Mendoza compró una camioneta usada y empezó a reparar cableados en pequeños negocios de Monterrey. Al morir, dejó una empresa con 34 empleados, varios proyectos industriales y la posibilidad de obtener el contrato eléctrico más importante de su historia: la modernización de 6 hospitales públicos en Nuevo León.
Raúl había prometido proteger aquel legado.
Por eso, cuando un recibo del Hotel Gran Regio cayó del saco de Verónica, no gritó.
La fecha correspondía a un martes en que ella supuestamente había cenado con unas amigas. El documento registraba una habitación utilizada entre las 12:30 y las 5:10 de la tarde.
Raúl lo dobló siguiendo exactamente las marcas originales y lo guardó en su cartera.
Esa noche cenó frente a Verónica.
—¿Cómo estuvo la reunión con tus amigas?
—Bien. Fuimos a un restaurante nuevo en San Pedro. No te habría gustado, demasiado pretencioso.
Ella sonrió mientras revisaba su teléfono.
Raúl observó aquella sonrisa. Llevaban 10 años casados y conocía cada una de sus formas. Aquella era la que utilizaba cuando necesitaba que una mentira pareciera insignificante.
—Me alegra que te divirtieras —respondió.
A la mañana siguiente compró 4 cámaras pequeñas de vigilancia, similares a las que su empresa instalaba para proteger herramientas en obras en construcción.
Colocó una frente a la entrada, otra en la sala, una en el estudio donde Verónica llevaba parte de la contabilidad y la última en el pasillo superior, orientada únicamente hacia la puerta de la habitación matrimonial.
No quería imágenes íntimas.
Necesitaba saber quién entraba en su casa y qué hacían con la empresa de su padre.
Durante una semana no ocurrió nada.
Raúl siguió levantándose a las 5:30, revisando presupuestos y visitando obras. En la oficina trató a Esteban como siempre.
Su hermano era 4 años mayor, más corpulento y mucho más carismático. Recordaba los cumpleaños de los clientes, contaba historias en las reuniones y se apropiaba de cualquier habitación con su risa.
Raúl, en cambio, revisaba cada cifra 2 veces.
Una mañana le entregó un presupuesto.
—Estamos 280,000 pesos por encima del costo previsto. Encontré otro proveedor con las mismas especificaciones. Necesito que revises el análisis antes de autorizarlo.
Esteban miró la primera página. Su teléfono vibró.
Al ver la pantalla, sonrió de una manera rápida y privada.
—Está bien —dijo, dejando la carpeta—. Confío en tus números.
—No te pedí confianza. Te pedí que lo revisaras.
—Relájate. Siempre conviertes todo en una auditoría.
Raúl recuperó la carpeta.
—Algún día una cifra que nadie revise puede costarnos la empresa.
Esteban soltó una carcajada.
—Hablas igual que papá.
El viernes por la tarde, Raúl estaba en una obra de Apodaca cuando recibió una alerta de movimiento.
Abrió la computadora sobre la caja de su camioneta.
La imagen de la entrada tardó unos segundos en aparecer.