PARTE 1
Doña Teresa apenas podía sentir las rodillas.
Llevaba casi 40 minutos arrodillada sobre el mármol del baño principal de aquella enorme residencia en Lomas de Chapultepec, tallando las juntas con un cepillo viejo mientras el olor a cloro le cerraba la garganta.
Sobre la espalda cargaba a Emiliano y Mateo, sus nietos de 8 meses, amarrados con un rebozo.
Cada movimiento hacía que los pequeños se inquietaran y que un dolor insoportable atravesara la espalda de Teresa.
—Todavía falta la terraza —dijo Ximena desde la puerta—. Y no quiero encontrar polvo cuando regrese.
La mujer de Mauricio lucía impecable, con un vestido beige, tacones y el celular en la mano.
Teresa levantó la mirada.
—Déjame sentarme 5 minutos, hija. La rodilla ya no me responde.
Ximena sonrió con desprecio.
—Aquí nadie vive de gratis, señora Teresa. Si quiere quedarse en esta casa, tiene que servir para algo. Esto no es un asilo.
Teresa tragó saliva.
Había soportado esas palabras durante meses porque temía perder lo único que realmente le importaba: estar cerca de sus nietos.
Mauricio, su único hijo, estaba convencido de que había llevado a su madre a vivir con él para darle la vida cómoda que nunca tuvo.
Creía que descansaba, acudía a sus médicos y jugaba tranquilamente con los bebés.
La realidad era otra.
En cuanto Mauricio salía a trabajar, Ximena le escondía el bastón, despedía temprano a parte del servicio y convertía a Teresa en empleada.
Primero fueron platos.
Después ropa, baños, pisos y terrazas.
Luego llegaron los insultos.
—Toda tu vida limpiaste casas y vendiste comida. No vengas ahora a hacerte la señora fina.
Teresa jamás le contó nada a Mauricio.
Ximena le había repetido que, si abría la boca, convencería a su esposo de enviarla nuevamente a Michoacán y jamás volvería a dejarla ver a los gemelos.
Aquella mañana, Teresa intentó incorporarse.
Las piernas le fallaron.
Se apoyó contra el inodoro, respirando con dificultad.
—Aguanta tantito, Teresa —murmuró para sí.
Entonces se escuchó la puerta principal.
Ximena se quedó helada.
Mauricio había regresado inesperadamente por el pasaporte que olvidó antes de tomar un vuelo a Monterrey.
—¿Mamá?
Sus pasos se acercaron.
Al entrar al baño, se quedó petrificado.
Vio a Teresa de rodillas, empapada en sudor, con sus hijos llorando amarrados a la espalda y un balde de agua gris junto a ella.
—¿Qué chingados está pasando aquí?
Ximena palideció.
Teresa trató de levantarse para defenderla, pero se desplomó en brazos de su hijo.
Cuando Mauricio desató el rebozo, la blusa de Teresa se levantó.
Entonces vio los moretones.
Unos amarillos, otros morados.
Y debajo de las costillas, una herida reciente cubierta con una servilleta manchada.
Mauricio levantó lentamente los ojos hacia su esposa.
Y por la expresión de Ximena comprendió que aquello apenas era el principio.