A los 70 años me anoté en la facultad… y mis compañeros se burlaron de mí.
Me llamo Elvira, tengo 70 años y toda mi vida soñé con estudiar.
Pero entre hijos, trabajo, cuentas, nietos, dolores de rodilla y una batalla eterna contra los frascos que nunca se abren, siempre encontraba una excusa para dejarlo para después.
Hasta que un día me miré al espejo y dije:
—Elvira, si no es ahora, ¿cuándo? ¿A los 120?
Y me anoté en la facultad.
El primer día llegué con mi cuaderno nuevo, mis anteojos y unos nervios que parecían estar haciendo gimnasia en mi estómago.
Cuando entré al aula, algunos chicos me miraron sorprendidos.
—¿Es una profesora? —susurró uno.
—No, creo que vino a buscar a un nieto —contestó otro.
Yo me senté en silencio.
Pero después empezaron las bromas.
—Abuela, ¿trajiste caramelos?
—¿Necesitás ayuda para prender la computadora?
—¿Te explicamos qué es un PDF?
Me reía para no sentirme mal.
Aunque por dentro dolía.
Mucho.
Llegaba a casa y estudiaba hasta la madrugada.
Mientras mis amigas miraban novelas, yo hacía trabajos prácticos.
Mientras otros salían de fiesta, yo peleaba contra el WiFi.
Y créanme… el WiFi ganó varias veces.
Pasaron los meses.
Exámenes, entregas, trabajos grupales.
Poco a poco las burlas fueron desapareciendo.
Porque mientras algunos hablaban, yo estudiaba.
Mientras algunos copiaban, yo me preparaba.
Mientras algunos faltaban, yo estaba sentada en primera fila.
Al finalizar el año llegó el acto académico.
El director tomó el micrófono.
—Este año, el mejor promedio de toda la carrera pertenece a…
Sentí que el corazón quería escaparse.
—…Elvira Gómez.
El aula explotó en aplausos.
Y entonces ocurrió algo que jamás olvidaré.
Los mismos compañeros que se habían burlado de mí se acercaron.
—Perdón, Elvira.
—Nos enseñaste que nunca es tarde.
—Sos un ejemplo para todos.
Pensé que ahí terminaba todo.
Pero no.
Esa noche me invitaron a una reunión.
Cuando entré al salón quedé paralizada.
Habían preparado una fiesta sorpresa.
Había globos.
Torta.
Fotos de todo el año.
Y un cartel enorme que decía:
“La mejor alumna y la mejor compañera.”
Lloré como una nena.
Porque entendí algo muy importante.
La edad puede arrugar la piel.
Pero los sueños solo envejecen cuando dejamos de perseguirlos.
Y yo recién estaba empezando.