Entonces me soltó la frase que me terminó de acomodar el rodete del enojo:
—Es que con vos siempre me sentí cuidado.
Lo miré fijo.
Respiré hondo.
Y le sonreí con una dulzura que hasta a mí me dio miedo.
—Osvaldo, querido… yo también me siento muy bien cuidando cosas. Cuido mis plantas, cuido mis rodillas, cuido mi presión… y sobre todo cuido muchísimo mi paz. Así que vos no te me instalás acá ni aunque vengas con moño.
Él bajó la cabeza.
—¿Entonces no me vas a ayudar?
—Sí, cómo no.
Agarré el celular, busqué en internet un geriátrico precioso con vista al parque y le anoté la dirección en un papel.
—Tomá. Te conseguí lugar. Con enfermeras, comida blandita y bingo los jueves. Más amor que eso, imposible.
—Pero yo quería estar con vos…
—Y yo quería que me fueras fiel en 1986, Osvaldo. Mirá vos cómo es la vida.
Se quedó callado, ofendido, como si la víctima fuera él.
Agarró la valija, caminó hasta la puerta y antes de salir se dio vuelta.
—Nunca me vas a perdonar, ¿no?
—Ay, Osvaldo, perdonarte te perdoné hace años… lo que no me agarró fue la amnesia.
Le cerré la puerta con una sonrisa, me serví un té, me senté en mi sillón y puse mi novela.
Cinco minutos después sonó el timbre otra vez.
Abrí apenas.
—¿Ahora qué?
—Me olvidé el bastón —dijo.
—Perfecto —le respondí—. Empezá a practicar para el geriátrico.
Y le cerré de nuevo.
Si después de 40 años apareciera tu ex en la puerta pidiéndote que lo cuides… lo ayudarías o le mandarías la dirección de un geriátrico con bingo?