Ni una disculpa sincera.
Ni un “te amo”.
Solo la carpeta.
Respondí:
“Sí.”
La llamada llegó de inmediato.
—¿Dónde estás? —preguntó Ethan.
Su voz sonaba tensa.
—Lejos.
—Necesito esos documentos.
—Lo sé.
Guardó silencio.
—Isabella, no mezcles nuestra relación con los negocios.
Cerré los ojos.
—Tú fuiste quien mezcló nuestra boda con otro matrimonio.
—Ya te expliqué lo ocurrido.
—No. Me diste una excusa.
—Sophie y yo estábamos borrachos.
—Entonces divórciate.
—Lo haré.
—Perfecto. Hazlo.
—Pero tienes que volver hoy.
Solté una risa sin alegría.
—¿Para qué?
—Para la ceremonia.
—¿Quieres casarte conmigo mientras sigues legalmente casado con ella?
—La ceremonia no tiene valor legal. Podemos hacerla para no avergonzar a nuestras familias y registrar nuestro matrimonio después.
Ahí estaba.
Su solución.
Que yo sonriera frente a cientos de personas.
Que fingiera.
Que protegiera su imagen.
Que aceptara ser una novia falsa mientras su verdadera esposa esperaba a que terminara el espectáculo.
—No voy a hacerlo.
Su respiración se volvió más pesada.
—Isabella, sé razonable.
—He sido razonable durante seis años.
—La inversión se renueva mañana. Si no firmas, toda la empresa puede verse afectada.
—También lo sé.
—Hay cientos de empleados.
Era la primera vez que intentaba apelar a mi conciencia.
—No los uses para manipularme.
—No te estoy manipulando.
—Entonces dime algo, Ethan.
—¿Qué?
—Si la empresa no necesitara mi firma, ¿seguirías llamándome?
No respondió.
Ese silencio fue la respuesta definitiva.
Colgué.
A las diez, las redes sociales empezaron a llenarse de fotos del lugar de la boda.
Mesas decoradas.
Flores blancas.
Un arco frente al lago.
Invitados vestidos de gala preguntando qué estaba ocurriendo.
Alguien publicó un video de Ethan discutiendo con su madre detrás del escenario.
Otra persona grabó a Sophie entrando por una puerta lateral con un vestido blanco corto.
El video se volvió viral entre nuestros conocidos.
En él, Sophie decía:
—Si ella no viene, puedo ayudar a explicar la situación.
La madre de Ethan la abofeteó.
—Tú ya has ayudado suficiente.
Por primera vez sentí una pequeña satisfacción.
Duró poco.
A las once, mi madre llamó.
Esperaba que me pidiera volver.
En cambio, dijo:
—Estoy afuera del hotel.
Bajé al vestíbulo.
Cuando me vio, abrió los brazos.
Fue entonces cuando finalmente lloré.
—Lo siento, mamá.
—¿Por qué te disculpas?
—Por la vergüenza. Por todo el dinero. Por los invitados…
Ella sostuvo mi rostro entre sus manos.
—La vergüenza es de ellos.