Me abrazó con fuerza.
—Cancelar una boda duele. Casarte con el hombre equivocado habría destruido tu vida.
Mi padre llegó poco después.
No dijo mucho.
Solo tomó mi maleta y comentó:
—Tu tío espera nuestra decisión.
Regresamos a casa.
A las dos de la tarde, mientras los invitados abandonaban el lugar de la ceremonia, nos reunimos con los abogados del fondo.
Mi tío colocó el contrato sobre la mesa.
—Isabella, la decisión es tuya.
Observé la línea donde debía firmar.
La misma línea que podía salvar el imperio de Ethan.
Pensé en todas las noches en que había trabajado junto a él.
En las comidas frías.
En las vacaciones canceladas.
En cómo celebrábamos cada pequeño éxito cuando todavía no teníamos nada.
Una parte de mí seguía amando al hombre que él había sido.
Pero esa versión ya no existía.
Cerré la carpeta.
—No renovaremos el acuerdo.
El abogado asintió.
—Entonces enviaremos la notificación hoy.
Ethan llegó una hora después.
No sé cómo averiguó dónde estábamos.
Entró sin anunciarse, con el traje de novio todavía puesto y la corbata torcida.
Parecía haber envejecido diez años en un solo día.
—Necesito hablar contigo a solas.
Mi padre se puso de pie.
—No tienes nada que decirle.
—Señor Bennett, esto es entre Isabella y yo.
—Dejó de serlo cuando humillaste a mi hija delante de todos.
Ethan me miró.
—Por favor.
Fue la primera vez que lo escuché decir esa palabra.
Acepté hablar con él en la terraza.
Cuando la puerta se cerró, su máscara se derrumbó.
—Ya enviaron la notificación.
—Sí.
—Los bancos se enterarán mañana.
—Probablemente.
—¿Sabes lo que significa?
—Sí.
—La empresa puede colapsar.
—Entonces deberías hablar con tu esposa.
Su rostro se endureció.
—No hagas eso.
—¿Hacer qué? ¿Recordarte que estás casado?
—Sophie no significa nada.
Lo miré fijamente.
—Eso es peor.
—¿Peor?
—Si no significa nada, destruiste nuestra relación por alguien que no significa nada.
Ethan bajó la voz.
—Ella fue mi amiga durante toda la vida. No podía humillarla delante de todos.
—Pero sí podías humillarme a mí.
—No pensé que llegarías tan lejos.
Ahí estaba la verdad.
No pensó que me iría.
No pensó que tendría límites.
No pensó que pudiera sobrevivir sin él.
—Creíste que siempre te perdonaría.
—Creí que me amabas.
—Te amaba.
La palabra en pasado lo hizo retroceder.
—Isabella…
—El amor no es permiso para destruir a alguien.
—Puedo arreglarlo.
—No.
—Me divorciaré de Sophie hoy mismo.
—No puedes. Existe un período legal de espera.
Apretó los puños.
—Entonces esperaré.
—Yo no.
El mismo silencio de la noche anterior cayó entre nosotros.