Ambos se detuvieron al verme.
Ethan sonrió.
—Perfecto. Estás aquí. Tenemos que decidir algunas cosas.
Lo miré.
Había pasado casi una década aprendiendo cada detalle de su rostro.
Sabía cómo arrugaba la nariz cuando mentía.
Cómo apretaba la mandíbula cuando estaba molesto.
Cómo su mirada se suavizaba cuando veía algo que amaba.
Durante años creí que conocía a ese hombre mejor que nadie.
Ahora me parecía un extraño.
—Ya está decidido —dije.
Ethan tomó uno de los catálogos.
—Chloe encontró un arreglo con peonías…
—Cancelé la boda.
El catálogo resbaló de sus manos y cayó al suelo.
Chloe me miró boquiabierta.
—¿Qué?
Ethan parpadeó.
—¿Qué acabas de decir?
—La boda está cancelada.
Se rio.
No porque le hiciera gracia.
Porque su cerebro parecía incapaz de procesar la posibilidad.
—Deja de bromear.
—No estoy bromeando.
—Olivia.
Su sonrisa desapareció.
—¿Por el viaje?
No respondí.
—¿En serio?
El tono cambió rápidamente de confusión a irritación.
—Te dije que podías tomar el siguiente vuelo.
Aquella frase confirmó todo.
—Ese es exactamente el problema.
—¿Qué problema? Chloe estaba emocionada. Surgió la posibilidad de viajar antes. ¿Qué querías que hiciera?
—Esperarme.
Pareció sorprendido.
—¿Qué?
—Esperarme.
Lo miré directamente.
—Era nuestro viaje, Ethan.
Chloe intervino.
—Olivia, yo no sabía que te molestaría tanto.
La miré.
—¿No?
—Pensé que tú viajarías después.
—¿Y pensaste que estaba bien ocupar mi asiento junto a mi prometido en un viaje que habíamos planeado durante meses?
Sus ojos se llenaron de lágrimas inmediatamente.
Una habilidad que conocía desde la infancia.
—Yo no quería quitarte nada.
—Ese es el problema, Chloe. Nunca tienes que querer quitarme algo. Alguien siempre te lo entrega.
Mi madre dijo:
—Olivia.
La vieja advertencia.
El viejo tono.
Compórtate.
Sé madura.
No hagas llorar a Chloe.
Pero aquella vez no me callé.
—Cuando éramos niñas, mamá te daba mis cosas. Ahora Ethan te da mi lugar. Y todos esperan que yo sonría porque eres tú.
Chloe comenzó a llorar.
Ethan dio un paso hacia ella.
Instintivamente.
Sin pensarlo.
Su mano se posó sobre su hombro.
Y eso fue casi cómico.
Estábamos hablando de cancelar nuestra boda.
Yo era su prometida.
Pero cuando Chloe lloró, su cuerpo eligió hacia dónde moverse antes que su mente.
Se lo señalé con la mirada.
Él retiró la mano.
Demasiado tarde.
—No conviertas esto en algo que no es —dijo.
—¿Qué crees que es?
—Chloe es como una hermana para mí.
—Perfecto.
Me quité el anillo.
Lo dejé sobre la mesa.
—Entonces podrás seguir cuidando de tu hermana sin tener que preocuparte por una esposa incómoda.
Su rostro palideció.
—Olivia.
—Se acabó.
Por primera vez vi verdadero miedo en sus ojos.
—No puedes cancelar una boda de esta manera.
—Ya lo hice.
—Tenemos cientos de invitados.
—Ya fueron notificados por el salón.
—Mis padres van a…
—También recibirán el aviso.
—¿Y nuestra casa?
Habíamos dado un depósito para comprar una vivienda después de casarnos.
—Hablaré con el banco y con el agente.
—¿Todo esto lo hiciste sin decirme?
Lo observé durante unos segundos.
—Tú cambiaste nuestro viaje internacional sin decirme.
Su mandíbula se tensó.
—No es lo mismo.
—Tienes razón.
Asentí.
—Lo mío tiene consecuencias.
Durante los siguientes minutos Ethan intentó todo.
Primero minimizarlo.
—Fue solo un viaje.
Después justificarlo.
—Chloe ha tenido una vida difícil.
Después culparme.
—Nunca dijiste que estuvieras tan molesta.
Aquello hizo que me riera.
—¿Necesitabas que te explicara que abandonar a tu prometida durante tres horas en un aeropuerto podría molestarla?
—No te abandoné.
—Te fuiste a otro país.
—Sabías adónde iba.
—Después de que aterrizaste.
Se quedó sin respuesta.
Entonces utilizó su última carta.
—Te quiero.
Esa frase habría destruido mis defensas unos años antes.
Incluso unos meses antes.
Pero el amor, comprendí finalmente, no podía medirse por lo que alguien decía cuando estaba a punto de perderte.