PARTE 1
—Tu hija está de viaje, Rodrigo. Y si de verdad la quisieras, dejarías de venir a arruinarle la vida.
Sergio Valdés me dijo eso parado en la entrada de la casa, con una sonrisa tan limpia que daba asco. Llevaba una camisa blanca recién planchada, reloj caro y esa seguridad de los hombres que creen que una puerta cerrada los convierte en dueños de la verdad.
Detrás de él estaba Mariana, mi exesposa. Tenía los brazos cruzados y una sonrisa tiesa, como si alguien se la hubiera dibujado con miedo.
—Valeria está bien —dijo—. Se fue a Valle de Bravo con unas amigas. Necesitaba descansar de todo, incluso de ti.
Yo había manejado casi seis horas desde Guadalajara hasta aquella casa en las afueras de Querétaro porque mi hija, Valeria, de veinticuatro años, llevaba cuatro días sin contestarme. La última vez que supe de ella fue por un mensaje extraño:
“Necesito espacio. No vengas. Estoy feliz.”
Lo supe desde la primera línea. Valeria jamás me decía “papá” por mensaje. Desde niña me decía “jefe”, incluso cuando estaba enojada conmigo.
Miré por encima del hombro de Sergio. El coche de Valeria estaba junto al garaje, cubierto de lodo seco. En la ventana abierta del despacho vi su pasaporte azul mexicano encima del escritorio, junto a una carpeta de documentos notariales.
—¿A qué parte de Valle de Bravo fue? —pregunté.
Mariana respondió demasiado rápido:
—A una cabaña.
—¿Con qué amigas?
Sergio soltó una risa baja.
—Otra vez lo mismo. Interrogatorios, sospechas, drama. Por eso Valeria no quiere hablar contigo. Porque no sabes respetar límites.
Durante años me trataron como si yo fuera un pobre técnico de alarmas. Para Sergio yo siempre fui “el señor que instala camaritas”. Mariana nunca lo corrigió. Ninguno de los dos sabía que yo había vendido mi empresa de seguridad digital por más dinero del que ellos podían imaginar, ni que aún conservaba una división forense que colaboraba con Fiscalías en casos de extorsión, fraude patrimonial y secuestro.
Pero no fui allí a presumir. Fui a buscar a mi hija.
Di un paso hacia atrás, fingiendo que sus palabras me habían pegado.
Sergio sonrió más.
—Eso. Súbete a tu camioneta y regrésate. Valeria ya tiene una familia que sí la deja respirar.
Entonces el viento cambió.
Desde una bodega vieja detrás de la casa llegó un golpe metálico, débil, casi tragado por el patio. Después escuché un quejido.
Un quejido roto.
Un quejido que yo conocía desde que Valeria tenía cinco años y se caía de la bicicleta.
Mi hija estaba ahí.
No pensé. Corrí.
—¡Rodrigo! —gritó Mariana.
Escuché los pasos de Sergio detrás de mí, pero llegué primero. La bodega tenía una cadena gruesa en la puerta, cerrada con un candado barato. Volví a mi camioneta, tomé la barra de emergencia que siempre llevaba bajo el asiento y golpeé el candado una sola vez.
Se partió.
Empujé la puerta.
El olor me golpeó antes que la imagen: fierro viejo, aceite quemado, humedad y miedo.
Valeria estaba sentada en el piso de cemento, atada de las muñecas a una silla de madera. Tenía el labio partido, un pómulo hinchado y moretones oscuros en los brazos. Había papeles tirados alrededor: contratos de cesión, poderes notariales, escrituras, hojas con su nombre completo.
Cuando me vio, intentó levantarse, pero se desplomó.
—Jefe… —susurró—. No dejes que me obliguen a firmar.
Algo dentro de mí se rompió en silencio.
Sergio entró detrás de mí con una barreta de hierro en la mano.
—No debiste abrir esa puerta —dijo.
Mariana apareció en la entrada, pálida como cal.
Yo desaté a Valeria, la puse detrás de mí y cerré la puerta de la bodega desde adentro, pasando el cerrojo de acero.
Sergio soltó una carcajada.
—Te encerraste con nosotros, idiota.
Saqué mi celular y presioné un botón.
—No —dije en voz baja—. Los encerré conmigo. Ahora vamos a ver qué tan feliz está mi hija cuando llegue mi gente.
Y entonces Sergio dejó de sonreír.