PARTE 2
El auditorio se quedó helado.
Los celulares dejaron de moverse.
Los aplausos murieron de golpe.
Julián apretó el bastón con tanta fuerza que los nudillos se le pusieron blancos.
Durante 22 años creyó que había hecho lo correcto.
No por orgullo.
No por manipularlas.
Lo hizo porque pensó que una niña no debía crecer sabiendo que su padre las amó y aun así no tuvo el valor de quedarse.
Sofía respiró hondo.
—Toda la vida creímos que nuestro papá nos dejó porque fuimos demasiada carga.
Valeria bajó la mirada.
Jimena abrió la carta con cuidado, como si el papel pudiera deshacerse entre sus dedos.
—Nuestro tío Julián siempre nos contó la primera línea. Pero la carta no terminaba ahí.
Un murmullo recorrió el auditorio.
Julián sintió que la sangre se le iba del cuerpo.
Sofía leyó con la voz quebrada:
“Perdóname, Julián. No puedo con esto. Cada vez que veo a mis hijas, veo a Clara muriéndose y siento que me hundo. Tú siempre fuiste más fuerte que yo. Tú siempre supiste cuidar lo que yo rompí.”
Alguien en la primera fila se tapó la boca.
Jimena siguió:
“No les digas que fui bueno. No les inventes cuentos. Diles que fui un cobarde. Diles que las quise, pero no tuve los tamaños para quedarme. Y diles que si alguien merece que lo llamen papá, eres tú.”
Julián cerró los ojos.
La vergüenza le ardió en la cara.
No por la carta.
Por haber decidido durante años qué dolor podían conocer y cuál no.
Valeria tomó el micrófono.
—Cuando encontramos esta carta en la caja del clóset, nos dio muchísimo coraje.
Julián bajó la cabeza.
—Pensamos que nos habías mentido —dijo Jimena—. Que nos quitaste el derecho de saber quién era nuestro papá.
Sofía tragó saliva.
—Yo fui la más enojada. La neta, hasta pensé en no invitarte a la graduación.
Ese golpe le dolió más que cualquier jornada en el taller.
Julián apenas pudo sostenerse.
Pero Valeria levantó otra hoja.
—Luego encontramos esto.
Era una hoja de primaria, con letras grandes y torcidas.
—La escribí yo a los 8 años —dijo Valeria—. Decía: “Mi familia es mi tío Julián. Huele a aserrín, siempre llega cansado y dice que no es mi papá, pero cuando tengo miedo, quiero que él me abrace.”
Julián se cubrió la boca.
Jimena sacó otra hoja.
—Esta la escribí a los 13, cuando me castigó por escaparme a una fiesta. Decía: “Mi tío es bien intenso, pero si un día me pierdo, sé que va a buscarme hasta quedarse sin zapatos.”