PARTE 1
“No hay espacio para ti aquí, mamá. ¿Qué van a pensar mis socios si te ven entrando con esa bolsa?”
Doña Teresa Aguilar se quedó inmóvil frente al portón eléctrico de la casa de su hijo mayor en Bosques de Santa Fe, con una bolsa negra de ropa en una mano y su bastón de madera en la otra. La mañana anterior, el banco le había quitado la casita de Iztapalapa donde había vivido más de treinta años. Le dijeron que era por una deuda vieja de su difunto esposo, una firma olvidada, un embargo que avanzó como humedad en la pared hasta tumbarlo todo.
Ella no pedía dinero. No pedía lujos. Solo una cama por unos días.
Alejandro apareció vestido con camisa blanca, reloj caro y una expresión de fastidio que dolía más que cualquier palabra.
“Mamá, hoy tengo una cena con inversionistas. Lucía está organizando un evento para la fundación. No puedo meter este drama ahora.”
“Puedo dormir en el cuarto de servicio”, murmuró Teresa, tragándose la vergüenza.
Lucía, su nuera, salió detrás de él con una copa de agua mineral y una sonrisa tan fría que parecía recién sacada del refrigerador.
“El cuarto de servicio lo usa la señora que nos ayuda con la limpieza. Además, sería incómodo para todos. La gente pregunta cosas.”
Teresa miró hacia adentro. Había mármol, escaleras amplias, sillones enormes, cuadros modernos, puertas de sobra. Pero para ella no había ni un rincón.
“Entonces, ¿a dónde voy?”
Alejandro suspiró, como si su madre fuera una deuda molesta.
“Te puedo mandar para un hotel barato dos noches. Pero aquí no puedes quedarte.”
Antes de que Teresa respondiera, Lucía abrió más el portón y bajó la voz.
“Por favor, salgamos de la entrada. Los vecinos son muy curiosos.”
El portón se cerró con un clic seco. No fue un portazo, pero a Teresa le sonó como si le hubieran cerrado el mundo.
En la banqueta la esperaba Miguel, su hijo menor, en una camioneta vieja con manchas de cemento en la caja. Era albañil, trabajaba por obra, y llevaba semanas sin empleo fijo. Cuando vio la cara de su madre, no preguntó nada. Solo abrió la puerta del copiloto.
“Vamos con Verónica”, dijo Teresa en voz baja.
Verónica, su hija, vivía en una casa moderna en Coyoacán y era directora médica en una clínica privada. Salió con bata impecable y el celular pegado al oído.
“Mamá, ¿por qué vienes sin avisar? Estoy entre consultas.”
“El banco me quitó la casa, hija. Solo necesito dormir unos días mientras arreglo mis papeles.”
Verónica ni siquiera la invitó a pasar. Abrió su bolsa de diseñador, sacó dos billetes de quinientos pesos y se los puso en la mano.
“Con esto comes algo y pagas un taxi. Hay asilos decentes, mamá. Yo no puedo cargar con esto. Tengo guardias, tengo a mis hijos, tengo responsabilidades.”
Teresa miró los billetes. Recordó cuando vendía tamales de madrugada para pagarle los libros de medicina.
“¿Tampoco puedo entrar a sentarme?”
Verónica apretó los labios.
“No me hagas sentir culpable. Tú sabes que mi vida es complicada.”
La reja se cerró lentamente.
Esa noche, Teresa durmió en el departamento de Miguel, dos cuartos pequeños en una unidad habitacional de Nezahualcóyotl. Su nuera, Rosa, preparó sopa aguada para todos. El nieto menor, Emiliano, ardía en fiebre sobre el sofá.
Miguel abrió un cajón y sacó una cajita de terciopelo.
“Mañana empeño los anillos de boda”, dijo, sin mirar a Rosa. “Con eso compramos medicina, pagamos la luz y algo de despensa.”
Rosa se quitó su anillo sin reclamar.
“Nos casamos nosotros, no los anillos.”
Teresa quiso gritar que no. Quiso correr a buscar a sus hijos ricos y preguntarles cómo podían dormir tranquilos. Pero la voz se le quedó atorada.
Mientras Alejandro brindaba en su mansión y Verónica dormía detrás de una reja elegante, el único hijo que la recibió estaba vendiendo lo más sagrado de su matrimonio para que ella no pasara hambre.
Y Teresa, sentada en aquella cocina diminuta, todavía no sabía que al día siguiente una carta escondida iba a partir a su familia en dos.