PARTE 2
ELLOS QUERÍAN MI CASA. YO LES DEJÉ CREER QUE PODÍAN TENERLA
Mi suegra, Margaret, sonrió de inmediato.
Fue una sonrisa distinta a todas las que me había dedicado durante siete años.
No era afecto.
Era alivio.
El alivio de alguien que llevaba demasiado tiempo esperando que una presa caminara voluntariamente hacia la trampa.
—Sabía que eras una buena chica —dijo, apretándome la mano—. Siempre has sido comprensiva.
Comprensiva.
Qué palabra tan curiosa.
Durante años, “comprensiva” había significado pagar cenas familiares cuando Daniel decía que estábamos cortos de dinero.
Había significado permitir que Vanessa se mudara a nuestra casa “solo por un par de meses” y terminara quedándose casi ocho años.
Había significado comprarle medicamentos a Margaret, pagar reparaciones de su automóvil y fingir que no veía cómo Daniel enviaba regularmente dinero a su madre.
Nunca me había molestado.
Porque creía que éramos una familia.
Aquella noche comprendí que para ellos “familia” significaba algo muy diferente.
Familia era la persona a la que podían quitarle cosas sin sentirse culpables.
—¿Entonces aceptas? —preguntó Margaret.
—He dicho que podemos hablarlo.
Su expresión vaciló apenas un segundo.
—Claro. Claro que sí.
En ese momento se abrió la puerta del dormitorio.
Daniel apareció despeinado, con una sudadera gris y una expresión de enfermo demasiado perfecta.
—¿Ya llegaste?
Lo miré.
Mi marido.
El hombre con el que había dormido durante siete años.
De pronto parecía un desconocido.
—Sí.
—Mamá dijo que la tormenta estaba horrible.
—Lo estaba.
—¿Cómo regresaste?
—En taxi.
Frunció el ceño.
No porque estuviera preocupado.
—¿Cuánto te costó?
Casi sonreí.
Todo se trataba siempre de dinero.
Y pensar que unas horas antes había estado a punto de decirle que éramos ricos.
—Bastante.
Daniel se sentó junto a mí.
—Mira, Elena… sobre lo del trabajo…
Se quedó en silencio como si estuviera buscando la manera correcta de consolarme.
Durante un instante, una parte ridícula de mí deseó que me abrazara.
Que dijera que no importaba.
Que encontraríamos una solución juntos.
En cambio preguntó:
—¿Te dieron indemnización?
Ahí murió la última esperanza que me quedaba.
—Todavía no lo sé.
—Deberías averiguarlo mañana.
—Lo haré.
Daniel asintió y miró a su madre.
Fue solo un segundo.
Pero vi perfectamente el intercambio.
Aquello estaba planeado.
Margaret carraspeó.
—Precisamente estaba hablando con Elena sobre el asunto de la casa.
Daniel se tensó.
—¿Ahora?
—¿Por qué no? —pregunté.
Mi marido me miró rápidamente.
—No tienes que decidir nada hoy.
Por primera vez aquella noche casi dudé.
¿Y si Daniel no formaba parte de aquello?
¿Y si su madre y Vanessa estaban actuando a sus espaldas?
Entonces añadió:
—Pero, considerando que te quedaste sin trabajo, tal vez sea buen momento para reorganizar nuestras propiedades.
Ahí estaba.
La confirmación.
—¿Reorganizar? —pregunté.
—Sí.
Daniel se inclinó hacia adelante.
—Tú compraste esta casa antes de casarnos, así que legalmente está a tu nombre. Siempre dijiste que algún día querías añadir el mío. Si ahora estamos entrando en una etapa difícil económicamente, quizá tenga sentido hacer algunos cambios.
—¿Por ejemplo?
Daniel evitó mirarme.
—Podríamos venderla a Vanessa.
—¿Barata?
—Es mi hermana, Elena.
Solté una risita.
—Claro.
Vanessa regresó justo en ese momento.
Dejó la bolsa de basura junto a la puerta, sin siquiera fingir que había salido realmente a tirarla.
—¿Entonces? —preguntó.
Margaret la fulminó con la mirada.
—Vanessa.
—¿Qué? Solo preguntaba.
La observé detenidamente.
Treinta y cuatro años.
Ocho de ellos viviendo prácticamente gratis en mi casa.
No pagaba electricidad.
No pagaba agua.
No compraba comida salvo cuando quería algún capricho.
Había pasado por seis empleos porque, según ella, todos sus jefes eran idiotas.
Y ahora había encontrado un novio al que había convencido de que era propietaria de una casa de cuatro habitaciones en un buen vecindario.
Extraordinario.
—Estoy cansada —dije—. Lo hablamos mañana.
Subí las escaleras.
Daniel me siguió unos minutos después.
Cuando entró al dormitorio, yo ya me había cambiado y estaba acostada.
Se metió bajo las mantas.
—No te preocupes demasiado por el trabajo.
—¿No?
—Seguro encontrarás otro.
—Pensé que ibas a mantenerme.
Daniel soltó una risa seca.
—Sabes que mi sueldo no alcanza para cuatro personas.
Cuatro.
Él.
Yo.
Su madre.
Su hermana.
Qué interesante que ni siquiera se diera cuenta de que me había incluido a mí como una carga más.
—Tienes razón.
Apagué la luz.
—Buenas noches.
Daniel se durmió rápidamente.
Yo no.
A las dos de la mañana recibí un correo electrónico de la abogada que había contactado.
Su nombre era Rebecca Collins.
Le había explicado brevemente mi situación y adjuntado documentos básicos de la propiedad.
Su respuesta era clara.
La casa había sido comprada por mí tres años antes del matrimonio.
La hipoteca también había sido pagada mayoritariamente con mis ingresos y, aunque debía revisar todos los documentos para darme una opinión definitiva, no debía firmar ni transferir absolutamente nada.
También me recomendaba guardar pruebas de cualquier intento de presión financiera.
Sonreí en la oscuridad.
Eso pensaba hacer.
A la mañana siguiente, Daniel se fue temprano.
Yo fingí prepararme para buscar empleo.
En realidad fui directamente a la oficina de Rebecca.
Era una mujer de unos cincuenta años, cabello corto y mirada aguda.