La mujer que llevaba ocho años viviendo gratis hablaba como una empresaria inmobiliaria.
Margaret también actuó perfectamente.
—Vanessa siempre ha sido muy independiente.
Incluso Daniel apareció durante la cena.
Me había dicho que iba a regresar a casa “a buscar un cargador”.
Se quedó casi tres horas.
Y cuando el padre de Ethan preguntó dónde vivía él, Daniel respondió:
—Mi esposa y yo tenemos otro lugar cerca del centro.
Otro lugar.
Así de fácil habían borrado mi existencia de mi propia casa.
Pero entonces ocurrió algo inesperado.
La madre de Ethan preguntó:
—¿Y la vivienda está pagada por completo?
Vanessa dudó.
Margaret intervino.
—Sí.
Mentira.
—¿Y está solo a nombre de Vanessa?
—Sí.
Otra mentira.
—Eso es estupendo —dijo la mujer—. Ethan ha trabajado mucho para construir su futuro. Nos tranquiliza saber que ambos llegan al matrimonio con estabilidad.
Más tarde, cuando los invitados se fueron, Vanessa explotó de emoción.
—¡Les encanté!
Margaret la abrazó.
Daniel abrió una botella de vino que yo había comprado meses antes.
Entonces Vanessa dijo algo que terminó de destruir cualquier duda que pudiera quedarme.
—Ahora solo falta que Elena firme.
Daniel guardó silencio.
Margaret contestó:
—Lo hará.
—¿Y si no?
Hubo unos segundos de silencio.
Daniel fue quien respondió.
—Firmará.
—¿Cómo estás tan seguro?
Mi marido soltó una risa.
—Porque piensa que perdió el trabajo. Está asustada. Ahora depende de mí.
Sentí una punzada en el pecho al escuchar la grabación.
Vanessa preguntó:
—¿Y después?
Daniel tardó unos segundos.
—Después del matrimonio de ustedes, esperaré un poco.
—¿Para divorciarte?
—Sí.
Margaret murmuró:
—No hablen de eso tan alto.
Vanessa rio.
—Mamá, Elena está en un hotel.
Daniel añadió:
—Lo importante es conseguir primero la transferencia.
Se hizo un silencio.
Entonces mi suegra dijo:
—Siete años soportando a una mujer que ni siquiera quiere darle hijos. Mi hijo merece comenzar de nuevo.
Tuve que detener el audio.
Me quedé inmóvil frente a la computadora.
No lloré.
Quizá debería haber llorado.
Pero había algo tan grotesco en aquella conversación que las lágrimas ya no servían.
Habíamos decidido no tener hijos juntos.
Daniel había sido quien primero había planteado el tema.
Me dijo que no quería niños.
Que quería viajar.
Que quería libertad.
Durante años me había defendido delante de su madre.
O eso creía.
Ahora entendía que probablemente todo había sido otra actuación.
A la mañana siguiente regresé a casa sonriendo.
Vanessa ya había vuelto a colocar algunas fotografías.
No todas.
—¿Cómo fue la entrevista? —preguntó Daniel.
—Creo que bien.
Pareció decepcionado.
Por apenas un segundo.
Pero lo vi.
—¿En serio?
—Sí. Aunque el salario sería menor.
Su rostro se relajó.
—Bueno. Algo es algo.
Vanessa apareció desde la cocina.
—Elena, necesitamos hablar de la casa.
—Qué coincidencia. Yo también.
Los tres me miraron.
Saqué una carpeta.
Margaret sonrió.
—¿Son los documentos?
—Algunos.
Vanessa extendió la mano.
No se los di.
—Antes de vender, quiero saber cuánto puedes pagarme.
Mi cuñada parpadeó.
—Somos familia.
—Lo sé.
—Entonces no entiendo la pregunta.
—Una venta implica un precio.
Vanessa miró a su madre.
Margaret intervino.
—Pensábamos que podrías hacerle un precio simbólico.
—¿Cuánto?
Silencio.
—Quizá… cincuenta mil —dijo Margaret.
Me reí.
No pude evitarlo.
La casa valía cerca de setecientos mil.
—¿Cincuenta?
—Elena —dijo Daniel—, no seas materialista.
Lo miré.
—¿Materialista por preguntar cuánto van a pagar por mi casa?
—No es eso.
—Entonces explícame.
—Vanessa no tiene mucho dinero.
—Ese problema parece de Vanessa.
Mi cuñada golpeó la mesa.
—¡He vivido aquí ocho años! ¡Esta también es mi casa!
Aquello fue precioso.
Exactamente lo que necesitaba.
—¿Tu casa?
—Sabes lo que quiero decir.
—No. Explícamelo.
Daniel se levantó.
—Basta.
—No. Quiero escucharla.
Vanessa respiraba con dificultad.
—Mamá y yo ayudamos a mantener esta familia.
Volví a reír.
—¿Cómo?
—Cocinamos.
—Yo pago la comida.
—Limpiamos.
—Tenemos una persona que viene dos veces al mes y yo la pago.
—¡Cuidamos la casa!
—Y yo pago la hipoteca, impuestos, seguros, reparaciones, electricidad, agua e internet.
Su rostro estaba rojo.
—No puedes echarnos después de todos estos años.
—¿Quién habló de echarlas?
Se hizo un silencio inmediato.
Había dicho “echarlas” deliberadamente.
Y su reacción me dijo suficiente.
Ellas ya habían considerado esa posibilidad.
A partir de aquel día la tensión aumentó.
Daniel comenzó a ser extrañamente cariñoso.
Me preparaba café.
Me preguntaba cómo me sentía.
Una noche incluso llegó con flores.