Cada hoja le quitaba un poco más de color al rostro.
—Podemos arreglar esto.
—Ya está arreglado.
—Siete años no pueden terminar así.
—No terminaron hoy.
Lo miré directamente.
—Terminaron cuando planeaste quitarme mi casa y divorciarte después.
Vanessa intervino.
—¡Pero tú dijiste que habías perdido el trabajo!
Me giré hacia ella.
—Mentí.
Silencio.
Daniel me miró.
—¿Qué?
—Nunca me despidieron.
—Pero dijiste…
—Dije que me habían despedido porque quería bromear contigo.
—¿Entonces sigues teniendo empleo?
Sonreí.
—Renuncié ayer.
Margaret abrió los ojos.
—¿Estás loca?
—No necesito ese trabajo.
Daniel me miraba como si estuviera armando un rompecabezas.
—¿Qué estás diciendo?
Saqué del bolso el comprobante que había guardado desde aquella tarde.
Lo coloqué sobre la mesa.
—El día de la tormenta llamé para decirte algo.
Daniel lo tomó.
Leyó.
Volvió a leer.
Su boca quedó entreabierta.
—No…
Vanessa se acercó.
—¿Qué es?
Daniel levantó los ojos.
—Ganó la lotería.
Margaret dejó de llorar.
Aquello fue casi cómico.
Las tres expresiones cambiaron al mismo tiempo.
—¿Cuánto? —susurró Vanessa.
—Diez millones.
Nadie habló.
Margaret fue la primera en reaccionar.
—Elena…
Su voz se volvió instantáneamente suave.
Exactamente como cuando me ofreció aquellos billetes la noche de la tormenta.
—Mi niña…
Levanté una mano.
—No.
—Todo esto es un malentendido.
—No.
—Estábamos preocupados por ti.
—Planeaban quitarme la casa.
—Solo queríamos proteger a Daniel.
—De mí.
Margaret tragó saliva.
—Las madres a veces decimos cosas cuando estamos nerviosas.
—¿Y los mensajes?
Silencio.
Vanessa habló entonces.
—Si tienes diez millones, ¿por qué te importa tanto esta casa?
La miré sorprendida.
Incluso después de todo aquello, no podía entenderlo.
—Porque es mía.
—¡Pero tienes dinero para comprar diez casas!
—Y tú tienes dinero para comprar cero. Eso no convierte la mía en tuya.
—Eres egoísta.
Me reí.
—Gracias, Vanessa.
—¿Por qué?
—Porque cada vez que pienso que ya no puedes sorprenderme, dices algo nuevo.
Daniel tomó mi brazo.
—Necesitamos hablar a solas.
Me solté.
—No tenemos nada que hablar.
—Soy tu esposo.
—Durante unos días más, técnicamente.
—No puedes simplemente irte con diez millones.
Aquella frase hizo que todos callaran.
Lo miré.
—¿Irme con?
—Sabes lo que quiero decir.
—No. Dilo.
Daniel apretó la mandíbula.
—Ese dinero lo ganaste mientras estábamos casados.
Ahí estaba.
No preguntó cómo me sentía.
No preguntó qué había pasado.
No dijo que lamentaba perderme.
Su primera preocupación fue cuánto podía reclamar.
Sonreí.
—Rebecca predijo que dirías eso.
—¿Quién es Rebecca?
—Mi abogada.
Su expresión se oscureció.
—No puedes confiar en una extraña más que en tu marido.
—Mira lo que ocurrió cuando confié en mi marido.
Daniel se quedó sin respuesta.
Tomé mi bolso.
—Tienen treinta días para organizar su mudanza según lo que indiquen formalmente los abogados y las reglas aplicables. No vuelvan a tocar mis documentos. No intenten vender, transferir ni comprometer la propiedad.
Margaret abrió mucho los ojos.
—¿Nos estás echando?
—Estoy recuperando mi casa.
Subí las escaleras.
Entré al dormitorio.
Daniel me siguió.
—Elena.
Abrí el armario.
—¿Qué?
—No hagas esto.
—Ya está hecho.
—Podemos empezar de nuevo.
Solté una carcajada.
—Hace diez minutos estabas preguntando cuánto del premio te corresponde.
—Estaba sorprendido.
—Cuando creías que estaba desempleada querías quitarme la casa.
—No era así.
—Tengo tus mensajes.
—Mi madre me presionó.
—Tienes cuarenta años, Daniel.
Guardó silencio.
Seguí recogiendo algunas cosas.
Entonces hizo lo que nunca imaginé.
Se arrodilló.
—Por favor.
Lo miré.
—Levántate.
—Te amo.
Aquellas dos palabras llegaron siete años tarde.
—No.
—Sí.
—Amas la versión de mí que pagaba facturas, ayudaba a tu familia y nunca preguntaba demasiado.
—Eso no es cierto.
—Cuando pensaste que ya no ganaba dinero, decidiste deshacerte de mí.
—Estaba asustado.
—Yo también estaba asustada cuando escuché a tu madre decir que querían quedarse con mi casa.
Daniel bajó la cabeza.
—Cometí un error.
—Un error es olvidar un aniversario.
Cerré la maleta.
—Planear durante meses cómo quitarle una propiedad a tu esposa no es un error. Es una decisión.
Pasamos casi un año resolviendo todo.
El divorcio no fue agradable.
Daniel luchó.
Por supuesto que luchó.
Pero yo ya no era la mujer que había entrado temblando en casa durante aquella tormenta.
Tenía asesoría.
Tenía pruebas.