Elena miró hacia la ventana.
—Fui maestra 34 años. Enseñé a leer a cientos de niños. Cuidé a mis padres hasta el último día. Administré esa casa, pagué cuentas, levanté tu negocio cuando casi quebró y te sostuve cuando tu cuerpo ya no podía sostenerte. Y tú me resumiste en una cosa que se queda donde la dejan.
—Perdóname —dijo él, con la voz rota—. Por Rita. Por la casa. Por hablar de ti así. Por todos los años en que pensé que tu amor era obligación.
—Esa disculpa llegó tarde, Víctor.
—¿Quemaste todo por venganza?
Elena tardó en responder.
—No quería que otra mujer durmiera en mi cama, comiera en la vajilla de mi madre y creyera que mi muerte era la solución perfecta para su nueva vida. Fue una decisión terrible. No estoy orgullosa. Pero no iba a dejar que mi casa se volviera trofeo de tu traición.
—Pudiste lastimar a alguien.
—Me aseguré de que no hubiera nadie. Aun así, fue grave. Lo sé.
—¿Y el dinero del seguro?
—La investigación determinó falla eléctrica. Yo no discutí el dictamen.
Víctor la miró con horror.
—¿Y regalaste todo?
—No lo regalé. Lo puse donde hacía falta. Ese fideicomiso dará renta, becas y atención médica a jóvenes que salen del DIF y no tienen a dónde ir. Ni madre, ni padre, ni una mesa donde sentarse.
Víctor tragó saliva.
—¿Me dejaste algo a mí?
La pregunta se le escapó antes de poder detenerla.
Elena lo miró sin enojo. Solo con una lástima tan profunda que dolía más.
—Sí —susurró—. Te dejé un riñón.
Víctor cerró los ojos y soltó un sonido quebrado.
—Rita me dejó —confesó.
—Lo imaginé.
—Dijo que no era enfermera.
Elena sonrió apenas.
—Al menos ella te dijo la verdad desde el principio.
—No te burles.
—No me burlo. Solo me asombra que ella haya sido honesta contigo más rápido de lo que tú lo fuiste conmigo.
Víctor miró el piso.
—Iba a dejarte.
—Lo sé.
—¿Cómo?
—Transferencias, hoteles, anticipo a un abogado, llamadas escondidas que dejaste de esconder. Nunca fuiste discreto con el dinero.
—¿Desde cuándo sabías?
—Desde junio.
Él alzó la cabeza.
—¿Lo sabías desde junio y aun así me llevaste a diálisis?
—Te estabas muriendo, Víctor.
—Eso no tiene sentido.
—Tal vez no para ti.
—¿Planeabas vengarte desde entonces?
—No. Pensaba irme después de confirmar que tu trasplante funcionara. Había visto un departamento pequeño cerca de Viveros. Quería caminar, leer, visitar a Lucía y vivir mis últimos meses sin revisar si ya era hora de darte otra pastilla.
—¿Entonces por qué cambiaste?
—Porque escucharte hablar de mí como un objeto rompió algo que ya no pude componer.
Víctor lloró con la cara entre las manos.
Elena extendió una mano delgada. Él la tomó como si fuera lo único firme en el mundo.
—Te perdono —dijo ella.
—No lo merezco.
—El perdón no siempre se entrega porque alguien lo merece. A veces se entrega para no cargar odio al final del camino.
—Dime cómo arreglo esto.
—No puedes arreglar 22 años en una tarde.
—Entonces dime qué hago.
Elena lo miró con seriedad.
—Toma tus medicamentos a tiempo.
Víctor soltó una risa rota.
—Estoy hablando en serio —insistió ella—. Ocho de la mañana. Ocho de la noche. No 8:10. Tu vida depende de cosas pequeñas, aburridas, repetidas.
—Como tú —susurró él—. Según yo.
—Como yo —respondió ella—. Según tú.
Víctor sacó el anillo de matrimonio del bolsillo. Lo había recogido del hospital semanas antes. Lo dejó sobre la cobija.
—Guárdalo tú —dijo Elena.
—¿Por qué?
—Para que recuerdes que algo pequeño puede pesar más que una casa entera.