Parte 3
Elena estaba despierta.
La habitación era pequeña, blanca, limpia. Había una ventana con vista a un árbol de jacaranda, una silla de vinil, un florero con tres margaritas frescas y una máquina de oxígeno que respiraba con ella.
Víctor se quedó inmóvil en la puerta.
La mujer en la cama parecía más pequeña que la esposa que él recordaba. Tenía la piel amarillenta, los pómulos marcados y el cabello recogido en una trenza corta. Cuando lo vio, no se sorprendió.
—Traes mal abotonado el abrigo —dijo en voz baja.
Víctor miró su pecho. Sus manos temblaban.
—Elena…
—Siéntate. Te vas a marear.
Él no se sentó.
—¿Desde cuándo lo sabías?
—Desde el 9 de diciembre.
—¿Y no me dijiste nada?
—No.
—¿Por qué?
Elena cerró los ojos un momento, esperando que pasara una punzada de dolor.
—¿Tomaste tus medicamentos de las 8?
—A las 8:10.
—Eso no es a las 8.
—¡Elena, por favor! —Víctor empezó a llorar—. Te estabas muriendo y aun así dejaste que te abrieran para darme un órgano.
—Sí.
—Pudiste morir en la cirugía.
—Tú también.
Víctor se llevó las manos a la cabeza.
—¿Cómo ocultaste eso?
—Mi evaluación como donadora estaba casi completa en octubre. En diciembre empecé con cansancio, dolor abdominal, náuseas. Fui a una clínica privada fuera de tu seguro. Cuando llegó la biopsia, la fecha del trasplante ya estaba programada.
Respiró despacio.
—No falsifiqué análisis. Solo no dije lo que debía decir. Cuando la coordinadora preguntó si había cambios recientes en mi salud, respondí que no.
—Mentiste a todo un equipo médico.
—Sí.
—¡Yo tenía derecho a saberlo!
Elena abrió los ojos.
—En eso tienes razón.
—Entonces, ¿por qué?
—Porque habrías cancelado el trasplante.
—¡Claro que lo habría cancelado!
—Exactamente.
Víctor se derrumbó en la silla.
Durante 11 meses, Elena lo había llevado a diálisis 3 veces por semana. Le había preparado comida sin sal, revisado la presión, acomodado cobijas, lavado vómitos, esperado resultados. Él confundió esa lealtad con costumbre. Peor aún: la confundió con servidumbre.
—Estoy vivo porque una parte tuya está dentro de mí, mientras tú estás aquí muriéndote.
—Mi enfermedad no fue culpa tuya.
—Pero pudiste tener más tiempo.
—Elegí qué hacer con el tiempo que me quedaba.
Víctor levantó la cara.
—¿Y también elegiste quemar la casa?
—Sí.
La palabra cayó en la habitación como una piedra.
—Era nuestra casa.
—Estaba a mi nombre.
—Era nuestra vida.
—Nuestra vida terminó cuando te escuché decirle a tu amante que yo era un mueble.
Víctor se quedó sin aire.
—¿Lo oíste?
—Todo. La casa, el jardín, la cochera. La promesa de regalársela a Rita.
—Estaba medicado, confundido…
—Estabas suficientemente despierto para decir que yo no sabía hacer otra cosa más que cuidarte.
No hubo defensa posible.