—Mariana, podemos hablar.
—No.
—Por Mateo.
—No uses a mi hijo como escudo.
Su rostro cambió. Ahí vi algo que me heló más que la violencia del hotel: desesperación mezclada con amenaza.
Esa noche, Alejandro fue al departamento de Daniela, su asistente.
La misma mujer que Beatriz había mencionado con sonrisa venenosa.
Yo llegué diez minutos después con una carpeta.
Daniela abrió la puerta y palideció.
—O debería decirte Diana Morales —le dije.
Alejandro frunció el ceño.
Dentro de la carpeta estaban sus credenciales falsas, correos filtrados y cargos hechos con tarjetas corporativas para viajes, ropa y hoteles.
Daniela no tardó ni tres minutos en elegir bando.
—Yo coopero —dijo—. Tengo mensajes. Transferencias. Todo.
Alejandro la miró con horror.
—¿Me estás vendiendo?
—No —dije yo—. Solo está dejando de hundirse contigo.
Creí que esa era la parte más baja de su caída.
Me equivoqué.
A la mañana siguiente, Beatriz se plantó afuera de las oficinas de Grupo Salazar con pancartas y parientes contratados para gritar que yo había dejado a una familia en la calle.
Varios curiosos grababan.
Los comentarios en redes empezaban a crecer.
Desde mi oficina, observé la transmisión de seguridad.
—¿Emitimos comunicado? —preguntó mi equipo.
—No —dije—. Pongan el video completo del bautizo en la pantalla exterior.
Diez minutos después, todo Polanco vio a Beatriz insultando a mi madre.
Luego vio a Alejandro patear la silla.
Luego vio la sangre.
La multitud pasó del morbo a la furia.
Beatriz soltó la pancarta.
Y entonces mi celular sonó.
Era la nana de Mateo. Lloraba.
—Señora Mariana… el señor Alejandro se llevó al niño.