PARTE 3
Sentí que el mundo se reducía al sonido de la respiración de mi hijo en mi memoria.
—¿Dónde estás? —pregunté.
—En el parque privado del fraccionamiento —sollozó la nana—. Dijo que solo quería abrazarlo. Cuando me acerqué, ya lo había subido a una camioneta.
No grité. No lloré. El miedo, cuando es demasiado grande, se vuelve hielo.
—Don Ernesto —dije, saliendo de la oficina—. Rastreen la camioneta de Alejandro. Avisen a mi abogado de familia y contacten a la Fiscalía. Quiero una alerta lista, pero sin poner a Mateo en riesgo.
Cinco minutos después, Alejandro llamó.
—Ahora sí me vas a escuchar —dijo con voz temblorosa—. Vas a retirar las denuncias, me vas a transferir cincuenta millones de pesos y vas a firmar que me corresponde la mitad de todo. Si no, voy a decir que eres una madre inestable. Te voy a hundir en juzgados años, Mariana.
—¿Dónde está mi hijo?
—Con su padre.
—No eres padre cuando usas a un niño como rehén.
Hubo silencio.
—Estoy en el kínder de San Ángel. Traje cámaras. Voy a grabar que Mateo quiere quedarse conmigo.
Colgó.
Cuando llegué, la entrada estaba llena de reporteros. No porque yo quisiera un espectáculo, sino porque Alejandro había llamado a medios pequeños para montar su propia versión. Pensaba llorar frente a las cámaras, cargar a Mateo y decir que yo era una millonaria cruel que le impedía ver a su hijo.
No esperaba que mi abogado llegara con una orden de custodia provisional emitida esa misma mañana, basada en la agresión contra mi madre, el intento de extorsión y las denuncias en curso.
Alejandro estaba en el patio, cargando a Mateo. Mi bebé no lloraba, pero tenía la mirada confundida, buscando mis brazos.
—¡Ahí está! —gritó Alejandro al verme—. ¡La mujer que quiere quitarme a mi hijo!
Los reporteros voltearon hacia mí.
Mi abogado habló primero.
—Señores, el juzgado familiar acaba de otorgar custodia provisional completa a la señora Mariana Salazar. El señor Alejandro Rivas no tiene autorización para retirar al menor de su cuidado.
Los administradores del kínder abrieron la reja. Dos agentes de la Fiscalía entraron. Alejandro retrocedió.
—¡Es mi hijo!
—Entonces debiste protegerlo —dije.
Una maestra tomó a Mateo con cuidado y me lo entregó. Cuando sentí su cuerpo contra mi pecho, todo el hielo se quebró por dentro, pero no dejé que mis piernas fallaran.
Alejandro fue detenido esa tarde por sustracción de menor y tentativa de extorsión.
Pensé que con eso terminaría.
Pero la gente desesperada rara vez acepta el fondo cuando todavía puede cavar.
Dos días después, mi madre salió de consulta en el hospital. La acompañaba un chofer de confianza, pero Beatriz y un primo de Alejandro interceptaron el auto en una calle lateral. Cuando recibí la llamada, escuché la voz de mi madre, ahogada.
—Hija…
Luego Alejandro tomó el teléfono.
—Si querías guerra, aquí está. Ven sola a una bodega en Iztapalapa. Trae dinero. Si llega la policía, tu madre paga.
Miré a don Ernesto.
—Active el rastreo. Avise a la Fiscalía. Yo voy a entrar primero.
—Señorita Mariana, no puede arriesgarse así.
—Mi madre se arriesgó toda la vida por mí.
La bodega olía a humedad, aceite viejo y miedo. Entré con una maleta llena de fajos falsos preparados por seguridad. Llevaba un micrófono oculto, un rastreador y la calma más delgada de mi vida.
Mi madre estaba atada a una silla, con el rostro golpeado. Al verme, quiso negar con la cabeza, como si todavía pudiera salvarme de algo.