Nunca pensé que iba a llorar por culpa de Matías.
Si alguien me hubiera dicho eso unos meses antes, me habría reído en su cara.
Yo era maestra de primaria y Matías era, sin duda, el alumno más difícil de toda la escuela.
Llegaba tarde.
Contestaba mal.
Se peleaba con otros chicos.
Olvidaba las tareas.
Y tenía una habilidad especial para meterme en problemas justo cuando yo intentaba terminar el día en paz.
—Matías, ¿otra vez sin cuaderno? —le pregunté una mañana.
—Se escapó.
—¿Cómo que se escapó?
—Y… vio una oportunidad y la aprovechó.
Toda la clase se largó a reír.
A veces me sacaba canas verdes, pero había algo en él que me impedía rendirme.
Detrás de esa actitud desafiante había un chico triste.
Uno que nunca hablaba de su casa.
Uno que siempre fingía que nada le importaba.
Mientras tanto, mi vida tampoco era fácil.
Era madre soltera de dos hijos.
Había meses en los que el sueldo apenas alcanzaba.
Pagaba las cuentas primero y después veía qué quedaba para nosotros.
Hubo semanas en las que cenamos arroz tres días seguidos.
Y aunque jamás hablaba de eso en la escuela, supongo que los chicos notan más cosas de las que creemos.
Un viernes particularmente difícil abrí la heladera y sentí un nudo en el estómago.
Quedaban dos huevos.
Un poco de leche.
Y nada más.
Mis hijos intentaron animarme.
—Mamá, podemos comer tostadas.
—Sí, además a mí me encantan las tostadas.
Los dos mentían horrible.
Y yo sonreí para que no se preocuparan.
Esa noche casi no dormí.
Al día siguiente alguien golpeó la puerta.
Pensé que sería una vecina.
Pero cuando abrí me quedé congelada.
Era Matías.
Estaba parado con una bolsa enorme en las manos.
—¿Qué haces acá? —pregunté sorprendida.
El chico bajó la mirada.
—Nada… vine a traer esto.
—¿Esto qué es?
Me entregó la bolsa.
Había leche.
Pan.
Fideos.
Arroz.
Frutas.
Galletitas.
Y hasta un paquete de caramelos.
Sentí que me faltaba el aire.
—Matías… ¿de dónde sacaste todo esto?
—No lo robé, seño.
—No dije eso.