En ese momento varias personas vestidas con traje oscuro entraron discretamente al auditorio.
No pertenecían a la universidad.
Eran inspectores de la Unidad de Delitos Económicos.
Se acercaron directamente hacia la fila donde estaba Tomás.
—¿Señor Tomás Herrera?
Todo el público volvió la cabeza.
—Sí…
—Queda usted informado de que existe una investigación abierta por falsificación documental, fraude patrimonial y apropiación indebida.
Tomás palideció.
—Tiene que haber un error.
Uno de los agentes mostró una carpeta.
—No lo creemos.
Su hija ha entregado esta mañana pruebas suficientes para solicitar medidas cautelares.
Helena comenzó a llorar.
—Papá… di algo…
Pero Tomás no podía hablar.
Porque Alejandro Santamaría acababa de levantarse.
Todos conocían su influencia en el mundo empresarial.
Se acercó al micrófono con absoluta tranquilidad.
—Hace dos años nuestra fundación financió de forma anónima el proyecto de investigación de la doctora Herrera.
Muchos asistentes se sorprendieron.
Ni siquiera Clara conocía toda la historia.
Alejandro sonrió.
—Lo hicimos porque su trabajo era brillante.
Después descubrieron algo aún más admirable.
Nunca pidió un trato especial.
Nunca utilizó el apellido de nadie.
Jamás buscó reconocimiento.
Solo quería salvar vidas.
Miró fijamente a Tomás.