Y cuando a ella le diagnosticaron Alzheimer, su familia decidió “no verla así”.
Pero Mateo no pudo.
Porque uno no abandona a quien le enseñó a existir.
El último mes fue extraño.
Elvira ya casi no hablaba.
A veces lo miraba como si lo reconociera desde otra vida.
—Tenés cara de despedida —le dijo un día.
Mateo sonrió.
—Es que soy muy educado, señora. Me gusta despedirme con tiempo.
Una tarde, ella dejó de despertarse.
Sin dolor. Sin drama. Con una paz injusta.
En su mesita había una flor silvestre.
La misma que Mateo traía siempre.
En el velorio, el geriátrico entero estaba en silencio.
La gente lloraba por ella.
Pero nadie entendía por qué el chico lloraba como si se le rompiera el mundo entero.
—Mateo… —dijo una enfermera— ¿por qué venías todos los días?
Él tardó en responder.
—Porque era mi abuela.
Pausa.
—Y porque yo también me estoy yendo.
Silencio total.
—¿Cómo?
Mateo se encogió de hombros, como quien ya se cansó de pelearle al destino.
—Cáncer. Terminal. Así que… bueno… vine a hacer lo único que todavía podía hacer bien: quedarme.
Nadie supo qué decir.
Él miró el ataúd una última vez.
—Abuela, llegué tarde a muchas cosas en la vida… pero a vos no.
Semanas después, también se fue.
Sin ruido.
Como si simplemente hubiera terminado su turno.
Y en ese geriátrico quedó una historia que nadie supo cómo explicar sin llorar:
Un chico que iba a cuidar a su abuela que lo olvidaba… y una abuela que lo cuidó a él incluso cuando ya no recordaba quién era.
A veces el amor no es que te recuerden.
Es seguir yendo igual.
Aunque el final ya esté escrito.
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