Cada tarde, después del colegio, Mateo “el Desastre” Roldán llegaba al geriátrico con la mochila desordenada, un cuaderno lleno de rayones y una flor silvestre que siempre parecía haber sobrevivido a una guerra.
—Señorita recepción, no es contrabando, es amor —decía cada vez que lo miraban raro.
La recepcionista ya ni lo registraba.
—Andá, Mateo. Tu “novia de 80” te espera en la 214.
—No es mi novia.
—Claro. Y yo soy Miss Universo.
Mateo subía el pasillo como si fuera su casa. Salón de bingo, olor a remedios, señoras discutiendo si el té estaba “demasiado líquido para ser té”. Y al fondo: habitación 214.
Ahí estaba Doña Elvira “la General” Fernández, 82 años, peinado perfecto aunque nadie sabía cómo, y una mirada que cambiaba entre ternura y sospecha en segundos.
—Buenas tardes, señora Elvira.
—¿Y vos quién sos, caradura?
—El técnico del WiFi emocional. Vengo a revisar la conexión.
—Ah… entonces por eso mi hijo no aparece hace años, se le cortó el internet.
Mateo se tragaba la risa siempre.
Durante meses siguió la misma rutina: le leía noticias inventadas (“El equipo de fútbol geriátrico ganó otra vez”), le pintaba las uñas con colores horribles que ella fingía odiar, y le hacía peinados que terminaban pareciendo experimentos científicos.
—Parezco una oveja electrocutada —decía ella.
—Una oveja con estilo, señora.
Elvira no siempre lo reconocía. A veces creía que era su marido. O su médico. O “el chico del almacén que me robó el corazón en 1963”.
Pero igual le sonreía.
Y eso, para Mateo, era suficiente.
Un día, mientras él le acomodaba el pelo, ella lo miró fijo.
—Tenés la mirada triste… como si te doliera el alma, nene.
Mateo hizo una broma automática.
—Es que me veo sin filtro, señora. Es grave.
Pero ella no se rió.
—Mi hijo también tenía esa mirada antes de desaparecer.
Silencio.
—Se fue cuando empecé a olvidar cosas. Dijo que ya no era su madre. Como si uno pudiera dejar de ser madre… como si fuera un trabajo con renuncia.
Mateo bajó la vista.
—A veces la gente se asusta cuando el amor cambia de forma —dijo él.
—O cuando duele demasiado verlo.
Los mess siguieron.
Elvira olvidaba más. Mateo seguía ahí.
A veces ella le preguntaba:
—¿Vos venís siempre o ya viniste?
—Vengo siempre… aunque usted lo descubra siempre tarde.
—Qué insistente sos.
—Me lo dicen mucho. Sobre todo mis médicos.
Lo que nadie en el geriátrico sabía era que Mateo también guardaba sus propias batallas.
Una tarde, cuando salió del cuarto, se desmayó en el pasillo.
La enfermera corrió.
—¡Mateo!
Él se levantó riéndose, pálido como papel.
—Tranquila, fue un bug del sistema.
Pero no era un bug.
Era cáncer. Terminal. Silencioso. Avanzando como ladrón educado.
Días después, el médico le dijo lo inevitable. Palabras largas, frías, que no combinaban con su edad.
—¿Cuánto? —preguntó él.
El médico dudó.
—Meses. Quizás menos.
Mateo asintió como si le hubieran dicho que iba a llover.
—Ok. Entonces voy bien de agenda.
Y siguió yendo al geriátrico.
Todos pensaban que era por bondad.
Pero la verdad era más simple y más cruel:
Elvira era su abuela.
La única persona que lo había cuidado cuando su familia se desarmó. La única que le enseñó a hacer tostadas sin quemar la casa. La única que lo llamaba “mi chiquito valiente” incluso cuando no había nada valiente en él.