PARTE 2
Mateo llegó al hospital treinta y siete minutos después.
No caminó.
Corrió.
Lo vi aparecer al final del pasillo con el abrigo abierto, el cabello revuelto y una pequeña maleta todavía en la mano.
A sus cuarenta y nueve años seguía teniendo aquella forma de mirar que recordaba perfectamente: como si, cuando fijaba los ojos en alguien, todo lo demás desapareciera.
En cuanto me vio sentada en la silla de ruedas, su expresión cambió.
Dejó caer la maleta.
—¿Qué demonios pasó
—Hola a ti también.
No sonrió.
Se arrodilló frente a mí y miró mi tobillo vendado.
—¿Quién hizo esto?
—Fue un accidente.
Mateo levantó lentamente los ojos.
—Elena.
Solo dijo mi nombre.
Pero me conocía demasiado bien.
Suspiré.
—Primero me torcí el tobillo al bajar del coche. Después… empeoró.
—¿Adrián?
No respondí.
No hacía falta.
Mateo cerró los ojos durante unos segundos.
Cuando los abrió, la furia había desaparecido de su rostro.
Eso me preocupó más.
Porque Mateo nunca gritaba cuando estaba realmente enfadado.
Se levantó y habló con el médico.
Preguntó por las radiografías.
Por la inflamación.
Por los ligamentos.
Por cuánto tiempo debía mantener el pie inmovilizado.
Por los analgésicos.
Por cada una de las recomendaciones.
Después regresó con una manta, la colocó sobre mis piernas y tomó mi mano.
—¿Terminaste?
Sabía exactamente a qué se refería.
Abrí el bolso de tela que me había dado una enfermera y saqué el certificado.
—Terminamos.
Mateo se quedó mirándolo.
Durante veintidós años nunca me había pedido que abandonara a Adrián.
Ni una sola vez.
Ni siquiera cuando nos reencontramos cinco años atrás.
Ni siquiera cuando supo cómo era realmente mi matrimonio.
Había dicho:
“Si algún día sales de ahí, asegúrate de hacerlo por ti. No por mí.”
Por eso, cuando levantó la mirada, no había triunfo en sus ojos.
Solo alivio.
—¿Estás bien?
Pensé en esa pregunta.
Durante mi matrimonio casi nadie me la había hecho esperando una respuesta real.
—Todavía no lo sé.
Mateo apretó suavemente mis dedos.
—Entonces podemos descubrirlo despacio.
Sentí un nudo en la garganta.
Para evitar llorar, levanté el mentón.
—Pero tenemos un problema.
—¿Cuál?
—Hoy también tenía que casarme.
Por primera vez desde que había entrado al hospital, sonrió.
—El Registro Civil ya cerró.
—Lo sé.
—Y no puedes mantenerte de pie.
—También lo sé.
—Así que tendrás que conformarte con una cena conmigo.
Fruncí el ceño.
—¿Después de veintidós años de espera eso es todo?
Mateo acercó su rostro al mío.
—Elena Suárez, he esperado veintidós años. Puedo esperar hasta mañana para convertirte en mi esposa.
Entonces sacó algo del bolsillo.
Una pequeña caja azul oscuro.
Mi corazón dio un vuelco.
—No.
—Sí.
—Mateo, estamos en un hospital.
—Me parece apropiado. Nuestra historia nunca ha hecho nada de forma normal.
Abrió la caja.
No era un diamante enorme.
Era un anillo sencillo de platino con una piedra central antigua.
Lo reconocí inmediatamente.
Me llevé una mano a la boca.
—¿Todavía lo tienes?
—Nunca dejé de tenerlo.
Veinticuatro años atrás Mateo había comprado aquel anillo cuando ambos teníamos poco más de veinte años.
Nunca llegó a dármelo.
Dos días antes de que pensara pedirme matrimonio, mi padre sufrió un infarto.
Nuestra empresa familiar estaba al borde de la quiebra.
Los bancos exigían garantías.
Los proveedores amenazaban con demandarnos.
Y la única persona dispuesta a intervenir fue el padre de Adrián.
A cambio de una alianza entre nuestras familias.
A cambio de mi matrimonio con su hijo.
En aquel entonces creí que estaba salvando a mis padres, a cientos de empleados y todo aquello que mi familia había construido.
Mateo se marchó del país poco después.
Adrián jamás supo que aquella noche, antes de aceptar casarme con él, yo había esperado hasta el amanecer una llamada de Mateo.
La llamada nunca llegó.
Años después descubrí por qué.
Mi padre había ido a verlo.
Le había dicho que yo había elegido a Adrián.
Que estaba enamorada de él.
Y que Mateo debía desaparecer para no arruinar mi futuro.
Mateo, joven, orgulloso y devastado, creyó cada palabra.
Yo, por mi parte, creí que él me había abandonado cuando más lo necesitaba.
Dos vidas separadas por una mentira.
—No tienes que responder ahora —dijo Mateo.
Sonreí entre lágrimas.
—Llegas veinticuatro años tarde para decir eso.
Extendí la mano.
—Póntelo.
Su respiración se detuvo.
—¿Estás segura?
—Nunca he estado tan segura de algo.
Deslizó el anillo en mi dedo.
Encajó perfectamente.
Como si hubiese estado esperando conmigo
A la mañana siguiente no hubo vestido de novia.
No hubo flores.
No hubo fotógrafos.
Fui al Registro Civil con una férula en el tobillo, zapatos planos y el mismo vestido rojo del día anterior.
Mateo llevó traje oscuro.
Y una sonrisa que parecía no caberle en el rostro.
Mi asistente, Julia, fue testigo.
También lo fue Víctor, socio de Mateo desde hacía años.
Cuando la funcionaria preguntó:
—¿Acepta usted a Mateo Ferrer como esposo?
No tuve que pensarlo.
—Sí.
Mateo dijo su “sí” antes de que ella terminara de formular la pregunta.
Todos se rieron.
Después firmamos.
Dos nombres.
Dos firmas.
Y ninguna obligación financiera.
Ningún pacto familiar.
Ninguna deuda.
Ninguna empresa que salvar.
Solo nosotros.
Cuando salimos, Mateo me levantó en brazos.
—¡Bájame! Peso más que hace veinte años.
—Yo también.
—Tu espalda no tiene veinte años.
—Mi espalda hará el sacrificio.
Reí tan fuerte que una mujer que esperaba junto a la puerta se volvió para mirarnos.
Mateo me besó en la frente.
—Te queda bien esa risa.
Yo había olvidado cuánto tiempo llevaba sin escucharme reír así.
Adrián se enteró tres días después.
Y no porque yo se lo contara.
Se enteró porque Mateo hizo exactamente lo contrario de lo que Adrián pretendía hacer con nuestro divorcio.
Lo anunció.
No con una fotografía exagerada ni con una fiesta.
Publicó una sola imagen.
Nuestras manos entrelazadas.
Mi anillo.
Su reloj.
Y debajo escribió:
“Algunas promesas tardan más de veinte años en cumplirse. Pero las que importan siempre encuentran el camino de vuelta.”
No mencionó mi divorcio.
No mencionó a Adrián.
No hacía falta.
En menos de una hora, el teléfono de Julia parecía haberse vuelto loco.
Socios.
Amigos.
Clientes.
Conocidos de ambas familias.
Todos tenían la misma pregunta.
—¿Elena Suárez se casó con Mateo Ferrer?
El problema era que Mateo no era un desconocido.