Durante los años que había pasado en el extranjero había levantado Ferrer Global desde prácticamente cero.
Logística.
Tecnología.
Infraestructura.
Fondos de inversión.
En los últimos años su grupo se había convertido en uno de los principales socios internacionales de las empresas de Adrián.
Y, en determinados sectores, en su competidor más peligroso.
Mucho antes de eso, Mateo y Adrián habían sido inseparables.
Estudiaron juntos.
Fundaron su primera empresa juntos.
Compartieron apartamento durante la universidad.
Adrián incluso solía bromear diciendo que Mateo era el hermano que nunca había tenido.
Hasta que aparecí yo.
Entonces algo se rompió entre ellos.
Nunca supe exactamente qué.
Hasta aquella tarde.
Estábamos en casa de Mateo.
Yo tenía el pie apoyado sobre varios cojines mientras él preparaba café.
Mi teléfono comenzó a vibrar.
Vi el nombre.
Adrián Valdés.
Lo ignoré.
Volvió a llamar.
Y otra vez.
A la séptima llamada, Mateo dejó una taza frente a mí.
—Puedes contestar.
—No quiero.
—Entonces no contestes.
No preguntó nada más.
Eso era otra diferencia entre ellos.
Adrián habría querido saber quién llamaba.
Por qué.
Qué iba a decir.
Cuánto iba a durar la conversación.
Mateo confiaba en que yo sabía decidir.
El teléfono volvió a sonar.
Esta vez contesté.
—¿Qué quieres?
Hubo silencio.
Después escuché la voz de Adrián.
—¿Es verdad?
—Tendrás que ser más específico.
—¿Te casaste con Mateo Ferrer?
Miré mi anillo.
—Sí.
Al otro lado dejó de respirar durante un instante.
—¿Cuándo?
—Al día siguiente de nuestro divorcio.
—Me dijiste que te casarías ese mismo día.
—El avión tuvo que regresar por mal tiempo.
—Entonces… ¿era él?
—Sí.
Otro silencio.
Luego soltó una risa seca.
—¿Desde cuándo?
—¿Desde cuándo qué?
—¿Desde cuándo me engañabas con él?
Me quedé inmóvil.
Mateo, que estaba junto a la ventana, giró la cabeza.
Puse el teléfono en altavoz.
—Nunca te engañé.
—¿Esperas que crea que te divorcias de mí y veinticuatro horas después te casas con un hombre con el que tuviste una historia antes de conocerme?
—No necesito que lo creas.
—¡Elena!
Era la primera vez en años que lo escuchaba perder el control.
—Tú y yo dejamos de ser marido y mujer hace mucho tiempo, Adrián. Solo tardamos años en ponerlo por escrito.
—Eso no responde mi pregunta.
—Mateo y yo volvimos a encontrarnos hace cinco años. Hablábamos ocasionalmente. Nada más.
—¿Nada más?
—Nada.
—¿Y quieres que crea que un hombre espera cinco años sin tocar a la mujer que ama?
Mateo tomó mi teléfono.
—Sí.
Su voz fue tranquila.
—Algunos hombres sabemos respetar a una mujer casada.
La línea quedó en absoluto silencio.
Mateo continuó:
—Hola, Adrián.
—Así que estás ahí.
—Es mi casa. Sería extraño que no estuviera.
—Devuélvele el teléfono.
Mateo me miró.
Yo extendí la mano.
Me lo entregó inmediatamente.
—¿Algo más? —pregunté.
Adrián respiraba con dificultad.
—Quiero hablar contigo a solas.
—Estamos hablando.
—Sin él.
—No tenemos nada que hablar que mi marido no pueda escuchar.
Pronuncié las dos últimas palabras conscientemente.
Mi marido.
Sentí una satisfacción que no esperaba.
No porque quisiera herir a Adrián.
Sino porque por primera vez aquel título no me pesaba.
Adrián colgó.
Esa misma noche apareció frente a nuestra casa.
El guardia llamó desde la entrada.
—Señora Ferrer, el señor Valdés dice que necesita verla.
Señora Ferrer.
Todavía me resultaba extraño.
—Dígale que no.
Cinco minutos después volvieron a llamar.
—Dice que no se marchará.
Mateo me observó desde el sofá.
—Puedo ocuparme.
Negué con la cabeza.
—No. Necesita escucharme una vez.
Salí al jardín.
No permití que Adrián entrara.
Estaba junto a su automóvil, sin corbata, con la expresión agotada.
Parecía haber envejecido cinco años en tres días.
Cuando me vio caminar con muletas, bajó la mirada hacia mi tobillo.
Su mandíbula se tensó.
—¿Qué dijeron los médicos?
—Que sanaré.
—Elena, yo…
—No viniste para preguntarme por mi tobillo.
Me miró.
—¿De verdad te casaste con él?
Le mostré el anillo.
Adrián palideció.
—Ese anillo…
—¿Lo reconoces?
Claro que lo reconocía.
Y entonces entendí.
—Tú ya lo habías visto.
No respondió.
Mi corazón comenzó a latir con fuerza.
—Adrián. ¿Dónde viste este anillo?
—Hace muchos años.
—¿Cuándo?
—Antes de nuestra boda.
Sentí que el aire se volvía más frío.
—Explícate.
Miró hacia la casa.
Mateo estaba detrás del cristal, suficientemente lejos para darnos privacidad.
—Mateo vino a buscarte.
Se me helaron los dedos.
—¿Qué?
—Dos días después del infarto de tu padre. Fue a tu casa. Quería hablar contigo.
—Nunca lo vi.
—Lo sé.
—¿Cómo puedes saberlo?
Adrián me sostuvo la mirada.
Y por primera vez vi culpa.
Culpa real.
—Porque yo estaba allí.
Tuve que apoyarme mejor en las muletas.
—Continúa.
—Tu padre y el mío estaban hablando. Mateo llegó con ese anillo. Tu padre salió a recibirlo. Discutieron.
Cada palabra era una piedra cayendo dentro de mí.
—¿Y después?
—Tu padre le dijo que tú habías aceptado casarte conmigo.
—Eso ya lo sé.
—Le dijo que lo amabas.
Cerré los ojos.
—También lo sé.
Adrián tragó saliva.
—Pero Mateo no le creyó.
Abrí los ojos de golpe.
—¿Qué?
—Dijo que quería escucharlo de ti.
Todo mi cuerpo quedó inmóvil.
—¿Y?
Adrián no contestó.
Fue entonces cuando lo comprendí.
—Fuiste tú.
—Elena…
—¿Qué hiciste?
—Yo tenía veintiocho años.
—¿Qué hiciste?
Su voz se quebró.
—Le dije que no querías verlo.
Sentí náuseas.
—¿Eso fue todo?
No respondió.
—Adrián.
—Le dije que tú misma me habías pedido que hablara con él.
Tuve que sentarme en el pequeño muro del jardín.
Durante veinticuatro años había creído que Mateo se había marchado sin luchar.
Mateo había creído que yo lo había rechazado.