La primera semana, un contrato importante quedó bloqueado porque nadie sabía que determinado proveedor europeo solo aceptaba modificaciones trimestrales.
La segunda, un socio estadounidense pidió hablar conmigo y descubrió que ya no trabajaba allí.
La tercera, dos proyectos que yo coordinaba comenzaron a retrasarse.
Adrián me llamó.
No contesté.
Me envió un mensaje.
“Necesito unos archivos del proyecto Northbridge.”
Respondí:
“Todos los documentos fueron entregados a tu equipo antes de mi salida.”
Cinco minutos después:
“No encuentran la última versión.”
“Entonces deberán buscarla.”
“Esto es urgente.”
“Ya no trabajo para Grupo Valdés.”
No respondió.
Dos horas después volvió a escribir.
“¿Puedes venir mañana una hora? Te pagaré como consultora.”
Miré el mensaje.
Durante años había trabajado hasta la madrugada sin escuchar un gracias.
Ahora, de repente, mi tiempo tenía precio.
Respondí:
“No estoy disponible.”
Y guardé el teléfono.
Mateo me observaba desde la cocina.
—¿Problemas?
—Ya no.
Clara tampoco estaba teniendo la vida que imaginaba.
Ella había querido a Adrián durante décadas.
Eso era cierto.
Pero había amado una versión del hombre que nunca tuvo que convivir con ella.
El Adrián de las cenas elegantes.
De los regalos.
De las escapadas.
De las llamadas nocturnas.
No el hombre que despertaba revisando correos.
Que odiaba desayunar tarde.
Que se irritaba cuando faltaba una camisa.
Que esperaba que otras personas recordaran sus citas médicas, los cumpleaños de sus socios y hasta la comida favorita de sus clientes.
Durante veintidós años yo había hecho todas esas cosas.
En silencio.
Clara comenzó a descubrirlo.
Un mes después del matrimonio, coincidimos en una gala benéfica.
Mateo y yo llegamos juntos.
Mi tobillo ya estaba casi recuperado.
Llevaba un vestido azul oscuro.
Cuando entramos, varias personas se acercaron a felicitarnos.
Sentí algunas miradas curiosas.
Otras sorprendidas.
Pero por primera vez no me importaron.
Entonces vi a Adrián.
Estaba al otro lado del salón con Clara.
Ella llevaba uno de mis antiguos bolsos.
Lo reconocí inmediatamente.
El bolso del arañazo.
Sonreí.
Clara notó mi mirada y agarró con más fuerza el asa.
Adrián también me vio.
Durante unos segundos nadie se movió.
Mateo apoyó una mano en mi espalda.
—¿Quieres irnos?
—No.
—Bien.
Y seguimos caminando.
Más tarde, en la cena, nos asignaron mesas cercanas.
Escuché a Clara hablar con una mujer.
—Adrián está pasando por una etapa muy estresante desde que Elena dejó la empresa.
La mujer sonrió.
—Claro. Elena llevaba muchísimas cosas.
Clara pareció incómoda.
—Bueno… tampoco tantas.
La otra mujer levantó una ceja.
—Querida, durante la expansión a California prácticamente fue ella quien dirigió las negociaciones.
Clara bebió de su copa.
—Supongo.
—Y el acuerdo de Seattle.
—Sí.
—Y la fusión con Bellmore.
—Eso fue Adrián.
—La firmó Adrián. La negoció Elena.
Me mordí el interior de la mejilla para no sonreír.
Mateo acercó sus labios a mi oído.
—Te estás divirtiendo.
—Un poco.
—Mala mujer.
—Terrible.
Después de la cena fui al baño.
Al salir, Clara estaba esperándome.
—Tenemos que hablar.
—No tenemos nada que hablar.
Se colocó delante.
—¿Estás intentando vengarte?
La miré sorprendida.
—¿De qué estás hablando?
—Desde que te fuiste, todo en la empresa está mal.
—Entonces deberías hablar con tu esposo.
—Los clientes preguntan por ti.
—No controlo lo que preguntan.
—Y Mateo está compitiendo por dos contratos nuestros.
—Mateo dirigía su empresa antes de casarse conmigo.
Clara apretó los labios.
—No te hagas la inocente.
Casi me reí.
La ironía era magnífica.
Durante años ella había desempeñado ese papel delante de mí.
Ahora me acusaba de lo mismo.
—Clara, escúchame bien. No quiero a Adrián. No quiero su empresa. No quiero su dinero. Y definitivamente no quiero tu matrimonio.
Se puso pálida.
—Entonces ¿por qué todos siguen comparándome contigo?
Aquella pregunta reveló más de lo que pretendía.
La miré durante unos segundos.
—Porque tú pasaste veinte años queriendo ocupar mi lugar.
Me acerqué un poco.
—Y ahora estás descubriendo que nunca supiste todo lo que ese lugar exigía.
Sus ojos se llenaron de rabia.
—Adrián me ama.
—Espero que sí.
—¿Eso es todo?
—Eso es todo.
Intenté marcharme.
Ella me agarró de la muñeca.
—¡No me mires así!
Me solté.
—¿Así cómo?
—Como si hubieras ganado.
Entonces comprendí algo.
Clara todavía creía que aquello era una competición.
Que una de nosotras tenía que ganar a Adrián.
Negué con la cabeza.
—Tú nunca fuiste mi rival.
Su expresión cambió.
—¿Qué?
—Yo no gané cuando él se casó conmigo. Y tú tampoco ganaste cuando se casó contigo.
Hice una pausa.
—Yo gané cuando dejé de necesitar que él me eligiera.
Y me marché.
Adrián escuchó parte de aquella conversación.
Lo descubrí después.
No me lo contó él.
Me lo contó Mateo.
—Valdés quiere reunirse conmigo —dijo una mañana.
—¿Por negocios?
—Eso dice.
—¿Vas a ir?
—Sí.
—¿Quieres que vaya?
Mateo sonrió.
—No. Y antes de que lo preguntes, tampoco voy a golpearlo.
—No iba a preguntarlo.
—Tu cara sí.
Dos días después regresó de la reunión.
—¿Cómo fue?
Se quitó el abrigo.
—Extraña.
—¿Qué quería?
—Primero habló de negocios durante quince minutos.
—¿Y después?
—Preguntó si eres feliz.
Me quedé quieta.
—¿Qué respondiste?
—Que debería preguntártelo a ti.
—Mateo.
—¿Qué?
—Sabes perfectamente que no era lo que quería escuchar.
—Precisamente.
Se sentó frente a mí.
—Luego preguntó cuándo volvimos a estar juntos.
—¿Y?
—Le dije la verdad.
—¿Toda?
—Toda.
Me miró con atención.
—Le dije que no hubo nada entre nosotros mientras estabas casada. Que jamás te pedí que lo dejaras. Que tú me llamaste después de decidir divorciarte.
Recordé aquella llamada.
Había sido tres semanas antes del divorcio.
Mateo estaba en Londres.