Yo había salido de una cena en la que Adrián me dejó sola porque Clara “se encontraba mal”.
Me senté en el automóvil durante casi una hora.
Después llamé a Mateo.
—Voy a divorciarme.
Al otro lado hubo un largo silencio.
—¿Estás segura?
—Sí.
—¿Por mí?
—No.
—Bien.
Aquella respuesta me había enfadado.
—¿“Bien”? ¿Eso es todo?
Mateo se rio suavemente.
—Si dijeras que lo haces por mí, intentaría detenerte.
—¿Por qué?
—Porque si vamos a tener una oportunidad, Elena, necesito saber que eres libre incluso si mañana decides que tampoco me quieres a mí.
Aquella frase terminó de convencerme de que estaba haciendo lo correcto.
—¿Qué dijo Adrián? —pregunté ahora.
Mateo me miró.
—Nada durante un rato.
—¿Y luego?
—Dijo que creía que tú jamás te irías.
Sentí algo extraño.
No dolor.
Tal vez pena.
Porque aquella era la verdad más clara de todas.
Adrián no había cuidado nuestro matrimonio porque pensaba que era indestructible.
No porque fuera fuerte.
Sino porque yo había soportado demasiado.
Tres meses después, Adrián volvió a buscarme.
Esta vez no apareció en mi casa.
Me encontró en una cafetería cerca de mi nueva oficina.
Sí.
Nueva oficina.
Después de décadas trabajando detrás del apellido Valdés, había decidido abrir una pequeña consultora estratégica.
No necesitaba dinero.
Necesitaba algo mío.
Algo que llevara mi nombre.
Suárez Advisory.
La primera semana recibimos seis propuestas.
La segunda tuvimos que contratar a dos analistas.
La tercera, un antiguo cliente me llamó directamente.
No acepté ninguna empresa que tuviera contratos activos con Adrián.
No quería guerras.
Quería independencia.
Aquella mañana estaba revisando un informe cuando alguien se sentó frente a mí.
Levanté la mirada.
—Adrián.
—Solo cinco minutos.
—Tienes tres.
Pareció sorprendido.
El antiguo Adrián habría esperado que guardara el ordenador.
No lo hice.
—Quería disculparme.
Mis dedos se detuvieron sobre el teclado.
—¿Por qué exactamente?
Respiró.
—Por el teléfono.
—Continúa.
—Por tu tobillo.
—Continúa.
—Por creer a Clara sin preguntarte.
Esperé.
—Por muchas cosas.
Cerré el ordenador.
—Eso sigue siendo muy general.
Me miró.
Tenía ojeras.
—No sé cómo pedir perdón por veintidós años.
—Entonces quizá no puedas.
Bajó la cabeza.
—Clara y yo estamos teniendo problemas.
—No deberías hablar conmigo de eso.
—No busco que me aconsejes.
—Entonces ¿por qué me lo cuentas?
—Porque ahora entiendo algunas cosas.
No dije nada.
—Ella no sabe nada de mi vida.
—Eso se aprende.
—No quiere aprender.
—También es una decisión.
—Dice que yo esperaba que se convirtiera en ti.
Sentí lástima por Clara por primera vez.
—Quizá tenga razón.
Adrián levantó los ojos.
—Yo pensaba que lo que hacía funcionar nuestra casa era… simplemente normal.
—¿Normal?
—Que todo estuviera organizado.
Solté una risa incrédula.
—¿Creías que los cumpleaños de tus socios se apuntaban solos en el calendario?
Se pasó una mano por el rostro.
—Sé que suena ridículo.
—Lo es.
—Nunca vi todo lo que hacías.
—Lo sé.
Aquello fue lo que más le dolió.
Se notó.
—Elena… ¿alguna vez me amaste?
La pregunta me sorprendió.
Pensé antes de responder.
—Sí.
Parpadeó.
—¿De verdad?
—Durante muchos años.
—Entonces, ¿en qué momento dejaste de hacerlo?
Miré por la ventana.
Había cientos de momentos posibles.
La boda que abandonó por una llamada de Clara.
La cena en la que me dejó dos horas bajo el frío.
La Navidad en la que canceló nuestro viaje para acompañarla porque había terminado con su novio.
La noche en que mi madre murió y él llegó al funeral tarde porque estaba en una reunión.
Los aniversarios olvidados.
Las conversaciones interrumpidas.
Las veces que me llamó “demasiado sensible”.
Pero ninguna había sido definitiva.
—No dejé de amarte en un solo momento.
Volví a mirarlo.
—Fue como una cuenta bancaria.
Frunció el ceño.
—Cada vez que me ignorabas, retirabas un poco. Cada vez que elegías creer lo peor de mí, retirabas otro poco. Cada vez que corrías hacia Clara y esperabas que yo siguiera esperándote, retirabas más.
Hice una pausa.
—Un día intentaste sacar algo y ya no quedaba nada.
Sus ojos se humedecieron.
—¿Y Mateo?
—Mateo no recibió lo que tú perdiste.
—¿Qué quieres decir?
—No pasé directamente de amarte a ti a amarlo a él.
Tomé mi taza.
—Primero tuve que aprender a quererme lo suficiente para salir.
Adrián guardó silencio.
Después asintió lentamente.
Se levantó.
—Espero que seas feliz.
Lo miré.
Por primera vez no percibí ironía.
—Lo soy.
Pareció que esa respuesta le dolía.
Pero también pareció aceptarla.
—Adiós, Elena.
—Adiós, Adrián.
Esta vez ninguno miró atrás.
Seis meses después del divorcio, recibí una caja.
No tenía remitente.
Dentro estaba el bolso.
El mismo bolso que había dado a Clara.