El mismo que supuestamente yo había arañado.
Había una nota.
“Creo que esto te pertenece.”
No tenía firma.
Llamé a Julia.
—¿Puedes averiguar quién envió esto?
Tardó menos de una hora.
—Señora Suárez…
—Elena.
—Perdón. Elena. Salió de la antigua casa del señor Valdés.
—¿Clara?
—Parece que sí.
Fruncí el ceño.
Aquella noche recibí un mensaje de un número desconocido.
“Yo hice el arañazo.”
Lo miré durante varios segundos.
Respondí:
“Lo sé.”
La respuesta llegó casi de inmediato.
“¿Siempre lo supiste?”
“Desde el momento en que evitaste mirarme.”
Pasaron varios minutos.
“¿Por qué no dijiste nada?”
Pensé en ello.
“Porque sabía que Adrián te creería de todos modos.”
No contestó durante casi media hora.
Después:
“Teníamos razón las dos.”
“¿Sobre qué?”
“Él no nos amó como ninguna de las dos imaginaba.”
No respondí.
No era mi conversación.
Ni mi matrimonio.
Ni mi problema.
Pero al día siguiente supe que Clara había abandonado la casa.
Dos meses más tarde solicitaron el divorcio.
No celebré.
No sentí satisfacción.
Solo pensé que quizá, por fin, ella también había comprendido que conseguir lo que deseas no siempre significa conseguir lo que necesitas.
Un año después, Mateo me llevó a un pequeño restaurante junto al mar.
Era nuestro primer aniversario.
Nada lujoso.
No había prensa.
No había socios.
No había empleados.
Solo una mesa junto a la ventana.
Cuando terminamos de cenar, puso una pequeña caja sobre la mesa.
—¿Otra joya?
—No.
La abrí.
Dentro había dos llaves.
—¿Qué es esto?
—Una casa.
Lo miré.
—Mateo Ferrer, ya tenemos una casa.
—Esta está frente al mar.
—También tenemos una casa de vacaciones.
—Esta es diferente.
—¿Por qué?
Sonrió.
—Porque quiero que sea nuestra casa de verdad.
Lo miré sin comprender.
—La otra era mía antes de que llegaras. Tú te mudaste allí.
Empujó las llaves hacia mí.
—Quiero un lugar que elijamos juntos.
Sentí que se me cerraba la garganta.
Parecía un detalle pequeño.
Pero después de veintidós años viviendo en casas elegidas por otros, significaba todo.
—¿Ya la compraste?
—No.
—Pero dijiste que eran las llaves.
—Son las llaves para verla mañana.
Me reí.
—Menos mal.
—¿Por qué?
—Porque odio que tomes decisiones inmobiliarias sin mí.
Mateo levantó su copa.
—Por eso me casé contigo.
Brindamos.
Después saqué algo de mi bolso.
El viejo llavero de cuero.
El que había salvado el día del divorcio.
Se lo entregué.
—Creo que esto es tuyo.
Lo giró.
Vio las iniciales.
M.F.
Sus dedos recorrieron el cuero desgastado.
—Pensé que lo habías perdido.
—Nunca.
—Te lo regalé cuando teníamos veintitrés.
—Lo sé.
—¿Por qué lo guardaste?
Sonreí.
—Supongo que alguna parte de mí tampoco te dejó ir por completo.
Mateo me miró durante un largo rato.
Después sacó su cartera.
Dentro tenía una fotografía vieja.
La tomó con cuidado.
Éramos nosotros.
Veintitantos.
Yo llevaba una camiseta blanca.
Él tenía el cabello demasiado largo.
Estábamos sentados en el capó de un coche, riendo.
—¿Todavía tienes esto?
—Nunca fui bueno tirando cosas importantes.
—¿Incluyéndome?
—Especialmente tú.
Apoyé la cabeza en su hombro.
A través de la ventana se escuchaba el mar.
—¿Sabes qué es lo más extraño?
—¿Qué?
—Durante años pensé que mi mayor fracaso era no haber conseguido que Adrián me quisiera de la manera correcta.
Mateo tomó mi mano.
—¿Y ahora?
Miré nuestras alianzas.
—Ahora entiendo que mi error fue creer que tenía que esforzarme para merecer amor.
Él besó mis dedos.
—No tienes que merecerlo.
Sonreí.
—Lo estoy aprendiendo.
Tiempo después volví a ver a Adrián.
Fue en una conferencia empresarial.
Yo había terminado una presentación sobre expansión estratégica.