PARTE 2
Durante varios segundos nadie se movió.
Claire retiró lentamente la mano del brazo de Adrian.
La directora de Recursos Humanos miró a mi padre, luego a mí y finalmente a los hombres que esperaban detrás de él con portafolios de cuero y credenciales corporativas.
—¿Señorita… Sinclair? —balbuceó.
Mi padre se acercó y colocó frente a mí una carpeta azul oscuro con el emblema plateado de nuestra familia.
—La junta aprobó anoche la compra mayoritaria del grupo Whitmore Medical —anunció—. A partir de hoy, el Hospital Saint Matthew y sus cuatro clínicas asociadas pasarán a formar parte de Sinclair Health.
El padre de Claire, el doctor Robert Whitmore, apareció en el pasillo acompañado por varios miembros del consejo.
Su expresión era de absoluta incredulidad.
—Eso es imposible —protestó—. Las negociaciones estaban en una fase preliminar.
Uno de nuestros abogados dio un paso al frente.
—Las negociaciones terminaron esta mañana, doctor Whitmore. Sus principales accionistas aceptaron la oferta.
Claire miró a su padre.
—¿De qué está hablando?
Él no respondió.
Yo abrí la carpeta y observé los documentos.
Durante años había rechazado cualquier participación en los negocios de mi familia. Quería construir una carrera por mi cuenta, cometer errores propios y saber si la gente me respetaba por mi talento o por mi apellido.
Pero esa etapa de mi vida había terminado.
Tomé la pluma que mi padre me ofrecía.
Adrian reaccionó al fin.
—Victoria, espera.
Su voz ya no sonaba autoritaria.
Sonaba asustada.
—Podemos hablar de esto en privado.
Levanté la vista.
—¿Hablar de qué? ¿De tu compromiso o de las noventa y nueve noches que no volviste a casa?
Claire giró violentamente hacia él.
—¿Noventa y nueve noches?
Por primera vez, la seguridad desapareció de su rostro.
Adrian apretó la mandíbula.
—No es el momento.
—Para mí sí lo es —contesté—. Yo creía que estabas de guardia. Ahora entiendo que utilizabas las emergencias para preparar una boda a mis espaldas.
Los empleados se habían congregado en el pasillo. Enfermeras, residentes y administrativos observaban en silencio.
Entre ellos reconocí a varias personas que durante años habían dicho que yo dependía de Adrian para conservar mi puesto.
Mi padre tomó mi renuncia y la rompió por la mitad.
—No necesitas renunciar —dijo—. A partir de hoy puedes decidir quién dirige este hospital.
Robert Whitmore palideció.
—Esto es una institución médica, no un juguete familiar.
—Precisamente por eso mi hija está aquí —respondió mi padre—. Durante cinco años trabajó entre ustedes sin privilegios. Conoce mejor este hospital que cualquiera de los ejecutivos sentados en su junta.
Yo firmé la adquisición.
El sonido de la pluma deslizándose sobre el papel pareció retumbar en toda la sala.
Claire dio un paso hacia mí.
—Así que todo este tiempo fingiste ser pobre.