—Nunca fingí ser incompetente —contesté—. Nunca utilicé mi apellido para conseguir una plaza, una cirugía o una promoción. Todo lo que logré aquí fue gracias a mi trabajo.
—Nos engañaste.
—Oculté mi apellido. Adrian, en cambio, ocultó una prometida.
Todas las miradas cayeron sobre él.
Adrian se acercó.
—Victoria, escúchame. Esto no es lo que parece.
No pude evitar sonreír.
Era la frase más predecible que podía haber elegido.
—Encontré una lista de invitados, un salón reservado, contratos con proveedores y un anillo en la mano de Claire. Explícame qué parte no es lo que parece.
Se pasó una mano por el cabello.
—Mi familia me presionó. Los Whitmore controlaban mi futuro en el hospital. El doctor Whitmore prometió financiar el nuevo centro quirúrgico y convertirme en director médico. Yo pensaba explicártelo.
—¿Antes o después de la boda?
Adrian guardó silencio.
Claire lo miró con una mezcla de rabia y humillación.
—Me dijiste que habías terminado con ella hace meses.
—Claire…
—Me dijiste que seguían compartiendo apartamento porque ella no tenía adónde ir.
Sentí un dolor seco en el pecho.
No porque aún esperara algo de Adrian, sino porque comprendí hasta qué punto había reducido nuestra historia para poder justificar su cobardía.
Cinco años convertidos en una molestia logística.
Cinco años de noches, promesas y proyectos presentados como lástima hacia una mujer sin recursos.
—¿Eso dijiste de mí? —pregunté.
Adrian bajó la voz.
—Intentaba ganar tiempo.
—No. Intentabas quedarte con las dos opciones hasta saber cuál te convenía más.
Mi padre quiso intervenir, pero levanté una mano.
Necesitaba terminar aquello por mí misma.
—Mientras creías que yo era una mujer sin apellido, me escondiste. Cuando apareció la hija del director, decidiste que ella era más útil para tu carrera. No me perdiste porque te obligaran a elegir. Me perdiste porque elegiste el poder.
—Yo te amo.
La frase provocó un murmullo entre los presentes.
Claire se quitó el anillo de compromiso y lo arrojó al suelo.
—Eres un mentiroso.
Adrian ni siquiera se inclinó para recogerlo.
Solo me miraba a mí.
—Victoria, cometí un error. Pero todo lo que vivimos fue real.
—Tal vez lo fue para mí.
Cerré la carpeta.
—Recoge tus cosas del apartamento antes de las seis. Después de esa hora, cambiaré las cerraduras.
Pasé junto a él sin detenerme.
Durante esa mañana, la noticia recorrió el hospital con más rapidez que cualquier rumor anterior.
La humilde doctora Reed era Victoria Sinclair.
La mujer a la que habían acusado de aprovecharse del jefe de Cirugía acababa de convertirse en la principal representante del grupo propietario del hospital.
Sin embargo, mi primera decisión no fue despedir a Adrian.
Eso habría sido fácil.
Y también habría permitido que todos dijeran que actuaba por despecho.
Ordené una auditoría completa.
Solicité la revisión de contrataciones, promociones, ensayos clínicos, compras de suministros y asignaciones de cirugías de los últimos siete años.
No tardaron en aparecer irregularidades.
Robert Whitmore había utilizado fondos destinados a programas comunitarios para financiar proyectos privados. Varios contratos habían sido adjudicados a empresas relacionadas con miembros de la junta.
Adrian también tenía problemas.
No había cometido fraude, pero sí había permitido que su relación con Claire influyera en decisiones profesionales. Había desplazado a dos cirujanos con más experiencia para asegurar su futura dirección del centro quirúrgico. Además, varios de sus turnos supuestamente nocturnos nunca habían existido.