La maestra reunió todos los corazones en una caja enorme decorada con pintura roja y brillantina.
Cuando Elena abrió la puerta de su casa y vio a todos los niños allí afuera, no pudo contener las lágrimas.
—“Venimos a visitar a Mateo,” dijeron emocionados.
Mateo salió lentamente de su habitación envuelto en una manta. Al ver a sus amigos, sus ojos comenzaron a brillar.
Sofía se acercó primero y le entregó un pequeño corazón rojo hecho a mano.
—“Este es especial,” dijo. “Tiene un abrazo guardado adentro.”
Mateo lo tomó con cuidado, como si fuera el tesoro más importante del mundo.
Después, cada niño le entregó el suyo. Algunos lo abrazaron. Otros simplemente le sonrieron. Pero todos dejaron un pedacito de cariño en aquella habitación.
Por primera vez en muchos días, Mateo soltó una pequeña risa.
Y algo increíble comenzó a pasar.
Cada mañana despertaba con más energía. Volvió a comer con apetito, comenzó a caminar por la casa y hasta volvió a jugar con Max en el jardín. Elena observaba todo con emoción.
Una noche, mientras acomodaban todos los corazones rojos pegados en la pared, Mateo preguntó:
—“Mamá… ¿de verdad los corazones curan?”
Elena besó su frente.
—“Sí, hijo. Porque cuando alguien se siente amado, encuentra fuerzas para seguir adelante.”
Pasaron las semanas y Mateo finalmente regresó a la escuela. Sus amigos corrieron a abrazarlo apenas lo vieron entrar. Él llevaba una pequeña caja roja entre las manos.
—“¿Qué hay ahí?” preguntó Sofía.
Mateo sonrió.
—“Corazones rojos.”
Desde ese día, cada vez que alguien en el pueblo estaba triste, enfermo o solo, Mateo regalaba uno de sus pequeños corazones hechos de papel.
Con el tiempo, aquella costumbre se volvió una tradición. Los niños aprendieron que un abrazo, una palabra amable o un pequeño detalle podían cambiar el día de una persona.
Y aunque muchos crecieron y dejaron el pueblo, jamás olvidaron la lección que Mateo aprendió cuando era niño:
A veces, las medicinas ayudan al cuerpo… pero el amor y la bondad son los que realmente curan el corazón.