María la sostuvo entre sus brazos por última vez.
Besó su frente.
Besó sus mejillas.
Besó sus pequeñas manos.
—Perdóname por no poder protegerte —susurró entre lágrimas.
La habitación quedó en silencio.
Solo se escuchaban los sollozos de una madre cuyo corazón acababa de romperse para siempre.
Cuando llegó el momento de dejarla ir, María sintió que una parte de ella moría también.
Regresó a casa con los brazos vacíos.
La habitación rosa seguía esperando a una niña que nunca volvería.
Los vestidos permanecían doblados en los cajones.
La cuna estaba intacta.
Y el silencio era insoportable.
Durante meses María lloró cada noche.
Guardaba una fotografía de Sofía junto a su cama.
Hablaba con ella antes de dormir.
—Buenas noches, mi pequeña estrella.
Con el tiempo aprendió a vivir con aquella ausencia, aunque el dolor nunca desapareció por completo.
Porque hay heridas que no sanan.
Simplemente se convierten en parte del alma.
Años después, cada vez que veía una estrella especialmente brillante en el cielo, María sonreía entre lágrimas.
Y en su corazón repetía siempre las mismas palabras:
—Solo te tuve un día en mis brazos, pero te amaré durante toda mi vida.
Porque algunas personas permanecen para siempre, incluso después de haberse ido.Espero que esta historia tenga el tono emotivo y triste que buscabas.