—¿Sin tu cartera? —la voz de Alejandro fue un retumbar bajo y sísmico que hizo vibrar las maderas del suelo—. Mi hija y mi nieto vivirán como reyes. Y tú… patético parásito, habrás dejado de existir financieramente para el final de este trimestre.
La mueca arrogante de Ricardo se borró al instante. Su rostro adquirió un tono gris translúcido y enfermizo. Se quedó literalmente boquiabierto, mirando de mi barato vestido de maternidad de segunda mano al aterrador gigante que tenía enfrente.
—¿Señor… Señor Valenzuela? —tartamudeó Ricardo, con la voz quebrada por el pánico—. Señor, debe de haber un malentendido. Clara es huérfana. Creció en el sistema estatal. No tiene familia…
Uno de los abogados dio un paso al frente y arrojó un pesado expediente con letras doradas en relieve sobre la mesa, justo delante de Ricardo: CLARA VALENZUELA – PROTOCOLO DE VERIFICACIÓN DE ADN: COINCIDENCIA 99.9%.
El pesado expediente se abrió al caer sobre la mesa.
Decenas de documentos quedaron esparcidos frente a todos los presentes.
Análisis genéticos.
Fotografías antiguas.
Certificados de nacimiento.
Informes policiales.
El abogado principal levantó uno de los informes.
—La prueba de ADN fue realizada en tres laboratorios independientes. La probabilidad de parentesco entre el señor Alejandro Valenzuela y la señora Clara Valenzuela es del noventa y nueve coma nueve por ciento.
El silencio se volvió insoportable.
Ricardo retrocedió un paso.
—Eso… eso es imposible.
Alejandro ni siquiera lo miró.
Sus ojos permanecían fijos en Clara.
Por primera vez en décadas, el hombre más poderoso del país tenía los ojos húmedos.
—Veinticuatro años buscándote…
Su voz se quebró.
—Veinticuatro años creyendo que habías muerto junto con tu madre.
Clara apenas podía respirar.
Toda su vida había crecido creyendo que nadie la había querido.
Que la habían abandonado porque no valía nada.
Las palabras del multimillonario destrozaban esa mentira en cuestión de segundos.
—No entiendo…
Alejandro dio un paso hacia ella.
—Tu madre, Lucía, desapareció cuando tú tenías apenas seis meses. El coche en el que viajaba cayó al río durante una tormenta. Encontraron el vehículo… pero nunca encontraron tu cuerpo.
Sacó una vieja fotografía de su cartera.
Era una mujer de cabello oscuro que sonreía mientras sostenía en brazos a un bebé.
Ese bebé llevaba un pequeño lunar bajo la clavícula izquierda.
Exactamente igual que Clara.
Ella comenzó a temblar.
Alejandro respiró profundamente.
—Durante años pensé que ambas habíais muerto.
Hasta hace seis meses.
—¿Qué ocurrió hace seis meses? —preguntó el juez, incapaz de ocultar la curiosidad.
Uno de los abogados abrió otro expediente.
—El señor Valenzuela creó hace veinte años una fundación dedicada exclusivamente a localizar menores desaparecidos.
Mostró varias fotografías.
—Hace unos meses encontramos irregularidades en los registros de un centro de acogida de Madrid.
Clara sintió que el corazón se detenía.
Conocía perfectamente aquel lugar.
Había pasado allí toda su infancia.
—Los archivos originales habían sido manipulados.
El abogado levantó otro documento.
—Alguien cambió deliberadamente la identidad de la menor.
En lugar de aparecer como Clara Valenzuela, pasó a figurar como Clara Herrera, sin familiares conocidos.
Toda la sala quedó paralizada.