Alejandro cerró los puños.
—Me robaron a mi hija.
Ricardo seguía sin reaccionar.
Su amante observaba la escena completamente pálida.
Finalmente logró balbucear:
—Pero… eso no cambia el divorcio.
Todos volvieron la cabeza hacia ella.
El abogado sonrió.
—En realidad… lo cambia absolutamente todo.
Sacó un segundo expediente.
Esta vez llevaba el nombre de Ricardo Soler.
—Durante nuestra investigación descubrimos varias operaciones financieras muy interesantes.
Ricardo tragó saliva.
—No sé de qué habla.
El abogado dejó caer varios extractos bancarios.
—Hablo de empresas pantalla.
De evasión fiscal.
De apropiación indebida.
Y de haber utilizado la identidad de su esposa para firmar préstamos millonarios sin su consentimiento.
El rostro de Ricardo perdió todo el color.
Clara lo miró completamente sorprendida.
—¿Qué…?
—Nunca firmó aquellos documentos.
Los falsificó él.
Otro abogado añadió:
—Tenemos vídeos.
Correos electrónicos.
Grabaciones telefónicas.
Y declaraciones de antiguos empleados.
El juez comenzó a revisar apresuradamente los documentos.
Su expresión cambió por completo.
—¿Todo esto ha sido entregado esta mañana?
—Hace exactamente dos horas.
Ricardo empezó a sudar.
—Eso… eso no demuestra nada.
Entonces Alejandro habló por primera vez desde que había entrado.
—Mírame.
Ricardo obedeció casi por instinto.
—Llevas años presumiendo de haber construido un imperio.
Pero la mayor parte de ese imperio depende de contratos firmados con empresas de mi grupo.
Ricardo abrió mucho los ojos.
No.
No podía ser.
Alejandro sonrió por primera vez.
Y aquella sonrisa resultó infinitamente más aterradora que cualquier amenaza.
—Hace quince minutos cancelé absolutamente todos.
Ricardo sintió que las piernas le fallaban.
—No puede…
—También he adquirido esta mañana el treinta y ocho por ciento de las acciones de Soler Biotech.
Toda la sala soltó una exclamación.
Ricardo dio un paso atrás.
—Eso es imposible.
—Ya no eres el accionista mayoritario.
Los abogados colocaron sobre la mesa la documentación oficial.
—A partir de este momento, el consejo extraordinario ha aprobado tu destitución como director ejecutivo.
Ricardo dejó escapar un grito.
—¡¡¡No!!!
Su teléfono comenzó a vibrar sin descanso.
Una llamada.
Dos.
Cinco.
Diez.
Contestó con manos temblorosas.
—¿Sí?
La voz de su director financiero sonaba desesperada.
—¡Ricardo! ¡Los bancos han congelado nuestras líneas de crédito! ¡Los inversores están vendiendo todas las acciones! ¡Acabamos de perder casi ochocientos millones en bolsa!
Ricardo sintió que el mundo se desmoronaba.
Miró a Alejandro.
El multimillonario permanecía completamente inmóvil.
Como si todo aquello hubiera sido planificado con meses de antelación.
Porque así era.