PARTE 2
La taza de café permanecía intacta frente a Valeria. El aroma ya se había enfriado, igual que la confianza que había sentido durante siete años de matrimonio.
Mariana cruzó los brazos y la observó con atención.
—Escúchame bien. Lo que descubriste es solo la punta del iceberg. Un hombre que mantiene dos vidas durante tres años no improvisa. Planea cada detalle.
Valeria respiró hondo.
—¿Qué hago?
—Actúa como si no supieras nada.
—¿Y si no puedo?
—Tendrás que poder. Si Diego sospecha que lo descubriste, desaparecerán las pruebas.
Valeria asintió lentamente.
Aquella misma tarde volvió a la oficina.
Fernanda estaba radiante.
—¡Mira!
Le mostró varias fotografías en su celular.
Diego aparecía abrazándola frente a un restaurante elegante de Polanco. En otra imagen sostenía dos copas de vino mientras sonreía exactamente igual que sonreía en las fotos familiares de Navidad.
Valeria sintió un nudo en la garganta, pero mantuvo la expresión serena.
—Se ven muy felices.
—Lo somos. Nunca había conocido un hombre tan atento.
—¿Nunca te ha presentado a su familia?
Fernanda negó con la cabeza.
—Dice que sus padres murieron hace años y que casi no tiene contacto con otros familiares.
Valeria bajó la mirada.
Era mentira.
Sus suegros seguían vivos y vivían en Puebla. Incluso habían celebrado juntos el cumpleaños de Diego apenas dos meses antes.
Otra mentira.
Otro pedazo de una vida inventada.
Durante los siguientes días comenzó una investigación silenciosa.
Cada noche, cuando Diego se dormía, ella revisaba cuidadosamente los estados de cuenta que llegaban al correo familiar.
Había movimientos extraños.
Pagos mensuales de un departamento que ella nunca había visto.
Transferencias constantes a una cuenta desconocida.
Reservaciones en hoteles durante supuestos viajes de negocios.
Tomó fotografías de todo.
Las guardó en una memoria USB que escondió dentro de un viejo libro de cocina que Diego jamás abriría.
En la oficina, Fernanda seguía compartiendo pequeños detalles de su relación.
—Diego quiere que nos mudemos después de la boda.
—¿Ya compró casa?
—Sí. Bueno… dice que es una sorpresa.
Valeria sintió un escalofrío.
Ella y Diego llevaban cinco años intentando comprar una vivienda.
Siempre decía lo mismo.
“No alcanza.”
“Hay que esperar.”
“Es mejor seguir rentando.”
Sin embargo, estaba comprando una casa para otra mujer.
Aquella semana ocurrió algo inesperado.
Mientras revisaban una campaña publicitaria, Fernanda recibió una llamada.
—¿Bueno, amor?
Valeria intentó concentrarse en la computadora.
No pudo.
—¿Esta noche?
Fernanda sonrió.
—Claro. Paso por el traje de la boda.
Hizo una pausa.
Luego soltó una pequeña risa.
—No exageres. No necesito un vestido de diseñador italiano.
Valeria levantó lentamente la cabeza.
Diego jamás había querido gastar demasiado en su propia boda.
Su vestido había sido alquilado.
Él insistió en que era “más inteligente ahorrar”.
Ahora estaba dispuesto a gastar cientos de miles de pesos.
Cuando Fernanda colgó, notó la mirada de Valeria.
—Perdón… hablo demasiado de mi boda.
—No te preocupes.
—Es que Diego quiere que todo sea perfecto.
Valeria sonrió con una calma casi inquietante.
—Seguro que lo intenta.
Esa noche, Diego llegó a casa cerca de la medianoche.
Traía el perfume femenino impregnado en la camisa.
Valeria fingía leer en la sala.
—¿Todavía despierta?
—No tenía sueño.
Él dejó las llaves sobre la mesa.
—La reunión con los inversionistas fue larguísima.
Valeria levantó la vista.
—¿Dónde cenaron?
—En Santa Fe.
Mentía sin titubear.
Ella había visto la fotografía que Fernanda acababa de publicar.
Estaban en un restaurante japonés de Polanco.
Incluso aparecía la hora.
9:18 de la noche.
Diego se acercó para besarla.
Por primera vez desde que lo conocía, Valeria dio un paso atrás.
Él frunció el ceño.
—¿Pasa algo?
—Solo estoy cansada.
—Te noto distante.
—Debe ser el trabajo nuevo.