Diego pareció convencido.
Mientras él iba a ducharse, Valeria abrió discretamente su portafolio.
Encontró un sobre negro.
Dentro había una factura.
No era de una cena.
Era el anticipo de una hacienda en Querétaro.
El mismo lugar donde Fernanda le había dicho que celebrarían su boda.
Importe pagado:
480,000 pesos.
Valeria fotografió el documento y volvió a colocarlo exactamente en el mismo lugar.
Cuando Diego salió del baño, ella ya estaba acostada.
Él volvió a abrazarla.
—Te amo.
Aquellas dos palabras ya no significaban nada.
Dos días después, Mariana consiguió una orden judicial para investigar discretamente los bienes registrados a nombre de Diego.
La llamada llegó a media tarde.
—Valeria… encontré algo.
—¿Qué pasó?
Hubo unos segundos de silencio.
—No solo tiene una propiedad.
—¿Cuántas?
—Tres departamentos.
Valeria cerró los ojos.
—Nosotros vivimos rentando…
—Eso no es lo peor.
—¿Entonces?
Mariana respiró profundamente.
—Uno de esos departamentos está registrado al cincuenta por ciento a nombre de Fernanda Salgado.
El mundo pareció detenerse.
Diego no solo estaba prometido con otra mujer.
También estaba construyendo un patrimonio con ella.
Pero aún quedaba un detalle que ninguna de las dos entendía.
Si llevaba siete años casado con Valeria…
¿Cómo había logrado comprar propiedades, abrir cuentas y preparar otra boda sin que nadie descubriera la verdad?
Mariana habló con voz firme.
—Creo que Diego no está actuando solo.
—¿Qué quieres decir?
—Alguien lo está ayudando… y sospecho que esa persona pertenece a tu propia familia.
Valeria sintió un escalofrío recorrerle la espalda.
Porque, de pronto, recordó algo que llevaba meses ignorando.
Su hermana menor siempre desaparecía cada vez que Diego decía tener un viaje de negocios.
Y, por primera vez, esa coincidencia dejó de parecerle casualidad.
FIN