Enterramos a mi papá el martes.
El miércoles, ordenando su cuarto, encontré arriba del clóset una lata de galletas amarrada con un cordón. Adentro, decenas de cartas. Todas con mi nombre. Mi nombre de niña, con una letra de mujer que yo no conozco. Ninguna me llegó nunca. Las guardó veinte años el hombre que decía que no sabía leer bien.
Mi papá tenía síndrome de Down. Me crió él solo desde que yo tenía dos años.
De mi mamá siempre dijo lo mismo. Que se fue. Que no estaba preparada. Que ni volteó. Esa frase fue lo único que tuve de ella.
Cocinaba leyendo las recetas en voz alta, tres veces, porque si no confundía la sal con el azúcar.
—Papá, esto sabe raro.
—Es cocina experimental, Renata.
—Eso quiere decir que lo quemaste.
—Un poquito.
En el kínder los niños preguntaban por qué mi papá era “así”. Yo decía que mi papá era el mejor y ya. Nunca me dio pena. Ni una vez.
Limpiaba un edificio en las mañanas. En las tardes acomodaba libros en una biblioteca. Llegaba con las manos oliendo a cloro y a papel viejo, y me revisaba la tarea aunque no la entendiera.
—Papá, esto es álgebra.
—Para mí es álgebra avanzada.
Cada peso de esta bata blanca que hoy traigo salió de esas dos chambas.
Él me repetía una promesa:
—Un día te voy a dar una caja con tus cosas.
Yo pensaba que hablaba de mis dibujos del kínder.
Abrí una carta. Nomás una.
“Mi Renatita.” Así empezaba.
Letra de mujer. Redonda, con corazones en las íes. Me hablaba de un diente que se me había caído. Del vestido rojo. Cosas que yo no le conté a nadie.
Busqué las fechas.
Una por cada cumpleaños. Veinte años. La más vieja, de cuando yo tenía tres.
Las revisé todas. Estaban abiertas. Suavecitas de tanto abrirse. Con cercos de café en las orillas.
El hombre que leía una receta tres veces en voz alta se había leído estas hasta gastarlas.
Entre dos sobres, una foto. Una mujer con una bebé en brazos. La bebé era yo.
Le di la vuelta. Atrás, una dirección. En esta misma ciudad.
A veinte minutos de mi casa.
Vacié la lata sobre la cama.
Hasta el fondo había papeles que no eran cartas. Doblados en cuatro, amarillos.
Un juzgado. Una demanda. Yo tenía dos años.
Alguien había pedido quitarme de sus manos.
Leí de corrida, con el dedo temblando en el renglón, palabras que no eran de mi mamá sino de un abogado:
—”El señor, por su condición, no está capacitado para garantizar el bienestar de la menor.”
Su condición. Así le decían a mi papá en una hoja con sello.
Seguí. Había más. Una carta de la biblioteca, firmada por una señora, jurando que ese hombre acomodaba tres mil libros sin equivocarse de uno. Los recibos de la limpieza, cada quincena, todos guardados. Un cuaderno donde había practicado su firma renglón tras renglón, cien veces, para que no le temblara enfrente del juez.
El hombre que “no sabía leer bien” armó él solito su expediente para que no me quitaran.
Y ganó.
Debajo de todo, un sobre más. En su letra. Chueca, grandota, la de él.
“Para Renata. Para cuando yo ya no esté.”
Lo abrí ahí, sentada en su cama, con toda la lata regada encima de la colcha.
Eran tres renglones.
“No las escondí por celos. Las escondí para que no volviera a enseñarte a tener vergüenza de mí.”
La caja con tus cosas. Era esta lata. Me la guardó completa. Y completa me la escondió.
Me quedé con el papel en la mano y no lo solté. Igual que él no soltaba mi tarea aunque no la entendiera.
A veinte minutos hay una puerta. Mi mamá puede seguir detrás de esa puerta. O puedo amarrar otra vez la lata con el cordón y dejar todo como él lo dejó.
Todavía no decido.
Porque cuando levanté la colcha por última vez, apareció un sobre más. El único cerrado. El único que él nunca abrió. No decía “Renata”. Decía su nombre. Y el sello del correo era de la semana en que se lo llevaron al IMSS.
Lo abrí.
Tres renglones, con la letra de mi mamá. Y el primero explicaba por qué en veinte años ella nunca tocó esa puerta, por qué solo escribía:
La abrí de pie, con la lata regada en la colcha y las rodillas temblándome.
Tres renglones. La letra de mi mamá, más chiquita que en las otras cartas. Como si le pesara la mano.
“Chuy: ya es doctora. Ya nadie nos la puede quitar. Ya es hora.”
Leí “ya es hora” como tres veces. Hora de qué.
Volteé el sobre. Tenía sello del correo, con fecha. La misma semana en que a mi papá se lo llevaron al IMSS y ya no me lo regresaron.
Nunca la abrió.
Se murió con esta carta sin abrir, amarrada con las otras, arriba del clóset, a un brazo de distancia de su cama.
Y yo, hasta ese renglón, creía que la palabra más fea de esta historia era “escondió”.
No. La más fea era “ya es hora”.
Me senté en el piso a leer el resto, porque las piernas ya no.
Abajo de esos tres renglones venía otro pedazo, más apretado, escrito con más ganas:
“Ya no hay juez que valga. Dile quién soy. Abre tú la puerta, o déjame tocarla yo. Lo que aguantamos ya se acabó. Te la encargué veinte años. Devuélvemela un rato, antes de que se me acabe a mí.”