PARTE 2
Daniel permaneció frente a nosotros sin apartar los ojos de Ethan.
La sala VIP estaba llena de empresarios, familias y empleados que iban y venían arrastrando maletas, pero para él parecía no existir nadie más.
—¿Cuántos años tiene? —preguntó.
Su voz apenas era audible.
—Tres.
Daniel cerró los ojos.
No necesitaba hacer cálculos.
Ethan había nacido siete meses después de nuestro divorcio.
Cuando volvió a mirarme, su rostro estaba rígido.
—Estabas embarazada cuando firmaste.
No era una pregunta.
—Sí.
Vanessa dejó escapar una respiración entrecortada.
—Entonces mentiste en un documento legal.
La miré con calma.
Seguía siendo hermosa.
Cabello rubio perfectamente peinado, abrigo blanco de diseñador, diamantes discretos en las orejas.
Tres años atrás, su sola presencia habría bastado para hacerme sentir inferior.
Ahora solo veía a una mujer asustada.
—No le pedí dinero —respondí—. No reclamé propiedades. No exigí manutención. Me fui sin llevarme nada que perteneciera a Daniel.
—Te llevaste a su hijo —espetó ella.
Ethan apretó mi mano
Sentí sus dedos pequeños y tibios rodeando los míos.
—Mamá, ¿quién es ese señor?
Daniel palideció.
Me agaché frente a mi hijo.
—Es alguien que conocí hace mucho tiempo.
Ethan asintió como si aquello resolviera el asunto.
Para él, Daniel no era más importante que un antiguo vecino o un compañero de universidad.
La expresión de mi exmarido se quebró.
—¿No le has hablado de mí?
—No había nada que contarle.
—Soy su padre.
—Biológicamente.
La palabra lo golpeó.
Daniel dio un paso hacia mí.
—Emma, no puedes decidir que no formo parte de su vida.
—Tomaste esa decisión antes de que naciera
—¡No sabía que existía!
Varias personas se volvieron hacia nosotros.
Ethan se sobresaltó.
Me incorporé y lo puse detrás de mí.
—Baja la voz.
Daniel miró a nuestro hijo y su furia se desvaneció de inmediato.
—Lo siento —murmuró—. No quería asustarlo.
En aquel momento se acercó un hombre alto, de cabello oscuro y rostro sereno. Llevaba dos cafés y una carpeta de viaje bajo el brazo.
—Emma, el vuelo se retrasó veinte minutos.
Entonces vio a Daniel.
Después a Vanessa.
Y finalmente la forma en que Ethan se aferraba a mi abrigo.
Dejó los cafés sobre una mesa.
—¿Todo está bien?
Daniel lo examinó con una hostilidad que no intentó ocultar.
—¿Quién eres?
El hombre ni siquiera se inmutó.
—No creo que eso sea asunto tuyo.
—Nathan —dije—, él es Daniel Whitmore.
La expresión de Nathan cambió apenas.
Conocía ese nombre.
Toda persona que formaba parte de mi vida conocía ese nombre.
—Entiendo —respondió.
Daniel miró la mano de Nathan.
Llevaba una alianza.
Después bajó la vista hacia la mía.
También llevaba una.
Su mandíbula se tensó.
—¿Te casaste?
—Hace un año.
Daniel soltó una risa breve y amarga.
—Claro.
Vanessa lo miró de reojo.
—Daniel, tenemos un vuelo.
Él no le prestó atención.
—¿Ese hombre está criando a mi hijo?
Nathan dio un paso adelante.
—Yo estoy criando a nuestro hijo.
El silencio fue absoluto.
Daniel lo miró como si quisiera golpearlo.