Pero Nathan no retrocedió.
Ethan salió de detrás de mí y corrió hacia él.
—¡Papá! Mira, mi dibujo salió en una revista.
Nathan se agachó y lo levantó en brazos.
—Lo sé, campeón. Tu mamá me envió la portada esta mañana.
Daniel observó la escena sin decir una palabra.
Mi hijo rodeó el cuello de Nathan con los brazos.
Era un gesto cotidiano.
Natural.
La clase de intimidad que no podía comprarse con una prueba de ADN.
Algo se apagó en los ojos de Daniel.
No había perdido únicamente tres años de la vida de Ethan.
Había perdido sus primeras palabras.
Sus primeros pasos.
Las noches con fiebre.
Los cumpleaños.
Los miedos.
Las risas.
Había perdido el derecho de ser llamado “papá”.
—Emma —dijo—. Tenemos que hablar a solas.
—No.
—Por favor.
Aquella palabra me sorprendió.
Daniel Whitmore nunca pedía.
Ordenaba.
Negociaba.
Exigía.
Pero jamás suplicaba.
Vanessa le tomó el brazo.
—Daniel, esto no es necesario.
Él se apartó de ella.
—Mi hijo ha estado vivo durante tres años y tú me estás diciendo que no necesito hablar con su madre.
El rostro de Vanessa se endureció.
—Nosotros también tenemos una vida.
Daniel la miró por primera vez.
—¿De verdad quieres hablar de nuestra vida en este momento?
La tensión entre ambos fue evidente.
Nathan miró el reloj.
—Llevaré a Ethan a la zona infantil.
Comprendí que estaba dándome una oportunidad para cerrar aquella herida.
—No tienes que hacerlo.
—Lo sé.
Se inclinó y besó mi frente.
Daniel desvió los ojos.
Nathan se llevó a Ethan, quien agitó la mano mientras se alejaba.
—Adiós, señor.
Daniel siguió observándolo hasta que desapareció detrás de una pared de cristal.
Después se dejó caer en una silla.
—¿Por qué?
Me senté frente a él.
Vanessa permaneció de pie.
—Porque cuando te entregaron el acuerdo, parecías el hombre más feliz del mundo.
Daniel apretó las manos.
—Eso no responde a mi pregunta.
—Claro que sí. Querías ser libre. Querías casarte con Vanessa. Si te hubiera contado que estaba embarazada, habrías pensado que intentaba atraparte.
No respondió.
Porque sabía que era verdad.
—Tu abogado escribió que no había hijos —continué—. Tú leíste cada cláusula antes de entregármela. Ni una sola vez me preguntaste si podía existir un embarazo.
—Éramos marido y mujer. Tenía derecho a saberlo.
—También tenías la responsabilidad de verme.
Daniel frunció el ceño.
—¿Qué significa eso?
—Durante las semanas anteriores al divorcio vomitaba todas las mañanas. Dejé de beber café. Dormía casi todo el día. La doctora llamó dos veces a la casa.
Su expresión cambió lentamente.
—Pensé que estabas enferma por el estrés.
—No pensaste nada. Apenas estabas allí.
Recordé aquellas noches.
Daniel llegaba después de medianoche con el perfume de Vanessa todavía impregnado en el abrigo.
Yo permanecía sentada en el sofá con una taza de té frío, esperando una conversación que nunca ocurría.
—El día que descubrí el embarazo —dije—, fui a tu oficina para contártelo.
Daniel levantó la cabeza.
—Nunca fuiste.
—Sí fui.
Aquel recuerdo seguía siendo doloroso, pero ya no tenía poder sobre mí.
—Tu secretaria dijo que estabas en una reunión. Esperé casi dos horas. Entonces escuché tu voz detrás de la puerta.
Daniel permaneció inmóvil.
—Le estabas diciendo a Vanessa que pronto serías libre. Dijiste que nuestro matrimonio había sido un error que estabas cansado de prolongar.
Vanessa perdió el color.
—Eso fue una conversación privada.
—Lo sé. Por eso me marché.
Daniel se pasó una mano por el rostro.
—Emma…
—Esa noche llegaste a casa con el acuerdo de divorcio. Yo todavía llevaba la ecografía en el bolso.
Sus ojos se humedecieron.
—¿Ibas a enseñármela?
—Sí.
—¿Y después decidiste ocultarla?
—Después comprendí que mi hijo merecía ser esperado con alegría, no recibido como una condena.
Daniel agachó la cabeza.