PARTE 2
Rosa se quedó inmóvil frente a la pantalla. Durante unos segundos no escuchó ni a los perros ladrando ni al viento moviendo las bugambilias. Solo veía una y otra vez la mano de Valeria sobre el vaso, el líquido transparente cayendo en la limonada, la sonrisa tranquila de quien no estaba improvisando.
Cuando Andrés llegó esa tarde, Valeria salió a recibirlo como siempre.
—Te preparé algo fresco, mi amor. Vienes cansadísimo.
Rosa, desde su casa, sintió deseos de cruzar corriendo la cerca y tirar el vaso al piso. Pero si lo hacía sin testigos, Valeria destruiría el frasco, fingiría una crisis y convertiría a todos en enemigos de doña Carmen.
Andrés bebió hasta el fondo.
Al día siguiente, Rosa le mostró el video a la anciana. Doña Carmen soltó un gemido que parecía salirle del alma.
—Lo está matando… Mi hijo se está tomando eso todos los días.
El miedo por ella misma desapareció. Ya no era una suegra humillada. Era una madre viendo cómo asesinaban lentamente a su único hijo.
Rosa no perdió tiempo. Buscó el nombre de soltera de Valeria en periódicos antiguos, registros públicos y notas sociales de otras ciudades. Lo que encontró la dejó helada.
Valeria no se llamaba Valeria Robles, como todos creían. Antes había usado otro apellido. Y había estado casada dos veces.
El primer esposo, empresario de León, murió de un supuesto infarto después de semanas de mareos. El segundo, ganadero de Aguascalientes, falleció de “fallo cardíaco repentino”. En ambos casos, Valeria había pedido cremación inmediata. En ambos heredó propiedades, seguros y cuentas bancarias.
Rosa entendió todo.
Andrés no era su marido.
Era su siguiente víctima.
A las 2 de la tarde, Rosa llamó a Andrés.
—Necesito verte ahora. No vuelvas al rancho. Es de vida o muerte.
Se citaron en una cafetería vieja a la entrada del pueblo. Andrés llegó preocupado, con el sombrero en la mano.
—¿Qué pasó?
Rosa respiró hondo.
—Valeria maltrata a tu mamá. Y te está envenenando.
El rostro de Andrés se endureció.
—No digas barbaridades.
—Tengo videos.
—No voy a ver porquerías fabricadas —dijo él, golpeando la mesa—. Valeria cuida a mi madre mejor que nadie. No pensé que tú fueras capaz de inventar algo tan bajo.
Se fue furioso, dejando a Rosa con el celular en la mano.
Pero a medio camino, Andrés tuvo que frenar de golpe. Un mareo brutal lo dobló sobre el volante. Recordó las últimas semanas: cansancio extraño, dolor en el pecho, debilidad después de cada limonada.
La duda le entró como una espina.
En el rancho, Valeria limpiaba la sala cuando encontró la primera cámara. La arrancó del librero y la pisoteó. Corrió a la cocina y halló la segunda.
Su rostro se deformó.
—Maldita vieja…
Fue directo al cuarto de lavado. Doña Carmen estaba doblando toallas con las manos temblorosas.
Valeria la tomó de los brazos.
—¿Con quién hablaste? ¿Quién puso esas cámaras?
La anciana no respondió.
Entonces Valeria perdió el control. La arrastró hasta el patio trasero, bajo el viejo árbol donde Andrés jugaba de niño, tomó una soga de los jardineros y empezó a amarrarla al tronco.
—Vas a hablar aunque sea lo último que hagas.
Rosa, al ver que las cámaras dejaron de transmitir, corrió a la cerca. Desde ahí vio a doña Carmen atada, llorando, y a Valeria gritándole como una desquiciada.
Marcó a la policía.
En ese instante, la camioneta de Andrés apareció por el camino.
Y cuando abrió la puerta trasera de la casa, escuchó el grito de su madre.
PARTE 3