PARTE 2
La foto quedó sobre la mesa del comedor, entre una servilleta bordada y una Virgen de Guadalupe llena de polvo.
En la imagen aparecían 6 hombres con casco dentro de Petroquímica del Sur.
Uno era Rogelio, más joven, con bigote negro y cara seria.
Otro era Julián Aranda, el papá de Iker.
Y en medio estaba Fabián Luján, el director de la planta, un hombre elegante que en Minatitlán salía en periódicos donando útiles escolares y prometiendo empleos.
Abajo de la foto había una frase escrita con plumón.
“Rogelio quiso salvar el río.”
Elvira se sentó porque las piernas no le respondieron.
—¿Quién escribió eso?
—Julián —respondió Mariana—. El papá de Iker.
Iker miró la imagen como si le hubieran abierto una ventana al pasado.
—¿Ese es mi papá?
Mariana se agachó frente a él.
—Sí, mi amor. Se llamaba Julián Aranda. Estudiaba ingeniería ambiental y ayudaba a periodistas a investigar lo que tiraban al río Coatzacoalcos.
Iker tragó saliva.
—¿Él sabía que yo existía?
Mariana negó despacio.
—Desapareció antes de que pudiera decírselo.
Rogelio se agarró de la silla.
—Yo no… yo no sabía que ese muchacho era el papá.
Mariana soltó una risa amarga.
—Claro. Me corriste embarazada, me dejaste sola 10 años, pero ahora no sabías nada.
—No estoy diciendo eso para salvarme —dijo Rogelio, con la voz rota—. Hay cosas que no recuerdo bien. Después de un accidente en la planta empecé con lagunas. Me dolía la cabeza, me mareaba, perdía días completos.
Elvira bajó la mirada.
Mariana sintió rabia.
Pero también recordó algo.
Julián le había dicho antes de desaparecer que la empresa no solo contaminaba el agua. También compraba doctores, cambiaba expedientes y enfermaba a trabajadores que sabían demasiado.
—¿Qué accidente? —preguntó Mariana.
Rogelio respiró con dificultad.
—Una fuga en la zona 14. Dijeron que fue poquito. Pero después nos llevaron con un médico de confianza de la empresa. Nos hicieron firmar hojas en blanco.
Mariana sacó la memoria USB.
—Julián me dejó esto. Me dijo que, si algo le pasaba, buscara a la persona de la llave amarilla.
Rogelio vio la etiqueta.
Su cara cambió.
—Bodega 14-B.
Elvira empezó a llorar.
—Rogelio, por Dios… ¿qué guardaste ahí?
Él caminó hasta un ropero viejo y sacó una caja metálica. Dentro había recibos, gafetes, notas, copias de reportes y una libreta manchada.
En una hoja estaba escrito:
“14-B. Abrir solo con Julián.”
Mariana sintió que el piso se movía.
—¿Lo ayudaste?
Rogelio se cubrió la cara.
—Creo que sí.
—¿Crees?
—No me acuerdo completo. Pero esa letra es mía.
Mariana se levantó.
—Tú me destruiste porque tenías miedo de algo que ni siquiera recordabas.
Rogelio no respondió.
Iker se acercó a la foto y señaló a su abuelo.
—Mamá, él no se ve malo. Se ve asustado.
Esa frase rompió algo en Rogelio.
El hombre que había cerrado una puerta hacía 10 años empezó a llorar como un niño.
—Fallé contigo, Mariana. No hay pretexto.
Elvira se tapó la cara.
—Yo también fallé.
Mariana la miró con dureza.
—Tú viste cómo me echó.
—Sí.
—Y te quedaste adentro.
Elvira asintió entre lágrimas.
—2 días después de que te fuiste, vino un abogado de la planta. Dijo que, si te buscábamos, Rogelio perdería la pensión, la casa y los tratamientos. Después empezaron a llegar pagos anónimos. La deuda se pagó sola. Yo sabía que algo estaba podrido, pero tuve miedo.