Mariana sintió náuseas.
—¿Aceptaste dinero para no buscar a tu hija?
—Acepté cobardía —susurró Elvira—. Y me ha comido todos los días.
Antes de que Mariana pudiera contestar, sonó el teléfono fijo.
Nadie usaba ya ese aparato.
Rogelio contestó.
No dijo nada durante varios segundos.
Luego se puso blanco.
—¿Cómo sabe que ella está aquí?
Mariana abrazó a Iker.
Rogelio colgó despacio.
—¿Quién era? —preguntó Elvira.
Él miró la USB, la foto y luego al niño.
—Dijo: “Julián debió quedarse en el agua”.
Mariana tomó la mano de su hijo.
—Nos vamos.
—No —dijo Rogelio—. Ya no voy a cerrar otra puerta.
La bodega 14-B estaba cerca de las vías, en una zona abandonada donde antes la empresa guardaba herramientas y archivos viejos.
La lluvia empezó a caer fuerte cuando llegaron.
Mariana no quería que Iker bajara.
Pero él abrió la puerta antes que todos.
—Es mi papá —dijo—. Yo también tengo derecho a saber.
Nadie pudo decirle que no.
La llave amarilla abrió un candado oxidado.
Adentro olía a humedad, aceite y papeles podridos.
Había cajas, mapas, discos duros, cintas, fotografías, análisis de agua y un sobre con el nombre de Mariana.
Ella lo abrió con manos temblorosas.
Era una carta de Julián.
“Mariana, si estás leyendo esto, perdón por no volver. Tu papá no es mi enemigo. Rogelio me dio los reportes internos. Él sabía que el río estaba enfermando niños y que la empresa lo estaba tapando. Si un día cambia, si te rechaza, si parece otro, no confíes en su miedo. Confía en las pruebas. Y si alguna vez tenemos un hijo, dile esto: el río no olvida lo que le tiran.”
Mariana soltó un sollozo.
Rogelio cayó de rodillas.
—Yo sí lo ayudé… Dios mío, yo sí quise ayudarlo.
Iker leyó la última línea en voz baja.
—El río no olvida lo que le tiran.
Entonces se escuchó un aplauso lento desde la entrada.
—Qué bonito teatro familiar.
Fabián Luján estaba ahí, con un paraguas negro y zapatos limpios, como si la lluvia no se atreviera a tocarlo.
Rogelio se paró frente a Mariana e Iker.
—Aléjese de mi familia.
Luján sonrió.
—Tu familia siempre fue un riesgo, Rogelio. Primero tu hija se negó a abortar. Luego desapareció con un posible heredero de Julián. Y ahora vuelve justo cuando esos archivos salen de su tumba. Pinche mala suerte.
Mariana sintió que la sangre se le congelaba.
—Ustedes sabían de mi hijo.
—Sospechábamos —dijo Luján—. Un niño puede ser ternura… o prueba genética.
Iker apretó la mano de su madre.
Rogelio dio un paso.
—¿Qué le hicieron a Julián?
Luján ladeó la cabeza.
—Tú mismo nos lo acercaste. Esa noche vino a pedirte ayuda. Querías sacarlo por una salida de servicio. Nosotros llegamos antes. Después hubo una fuga, unos químicos, un doctor obediente… y tú olvidaste lo necesario.
Rogelio lanzó un gemido.
—Monstruo.
—No, Rogelio. Empresario.
Mariana sacó su celular.
Luján se rió.
—Ay, mija. Tengo policías, médicos y licenciados. ¿Neta crees que un video te va a salvar?
Una voz femenina respondió desde atrás.
—No un video. Una transmisión en vivo.
Una mujer entró con impermeable rojo y celular en mano.
Era Camila Prieto, abogada e hija del periodista que Julián había buscado antes de desaparecer.
—La transmisión empezó desde que dijo que el niño era prueba genética —dijo—. También les llegó la ubicación a 4 medios nacionales y a la Fiscalía.