—El trabajo está terminado.
Gabriel pasó los dedos sobre la organza sin presionarla. Se detuvo exactamente en la desviación.
—Hay una inconsistencia aquí.
—La vi.
Él levantó la mirada.
—¿Y piensa entregarla así?
—Está en el extremo que quedará dentro de la costura lateral del vestido principal. Al montar la pieza, desaparecerá. Si intento corregirla sin el mismo lote de hilo, el cambio de brillo será más evidente que la desviación.
Gabriel observó primero la tela y después a Luciana.
—¿Es diseñadora?
—Especialista en construcción textil.
—Su madre mencionó que estudiaba en Italia.
—Regresé esta mañana.
Gabriel permaneció callado unos segundos.
—Necesito hacerle una propuesta.
Luciana casi se rio.
—Todavía no ha firmado el recibo.
—Lo firmaré. Y también renovaré el contrato de su madre por un año. Pero necesito que venga conmigo.
La llevó al taller instalado en la planta baja. Había 20 personas trabajando en medio de maniquíes, patrones y prendas a medio terminar. En el centro, una mujer elegante de cabello lacio daba instrucciones en voz alta.
—Ella es Mónica Valdés, nuestra directora creativa temporal —dijo Gabriel—. La directora anterior renunció hace 3 semanas. El desfile es dentro de 8 días y la colección está perdiendo coherencia.
Mónica se acercó.
—¿Quién es ella?
—Luciana Cárdenas. Revisará técnicamente la colección.
La expresión de Mónica cambió.
—¿Desde cuándo contratamos consultoras en la puerta?
—Desde que una persona identifica en segundos lo que nuestro equipo no vio durante 3 días.
Luciana aceptó trabajar durante una semana, pero puso una condición.
—El contrato de mi madre no dependerá de mi desempeño.
—Nunca dependió de eso —respondió Gabriel—. Su madre tiene el contrato porque su trabajo es extraordinario.
Los primeros días fueron agotadores. Luciana salía de la casa de su madre antes de las 7 de la mañana, viajaba en Metro y autobús, trabajaba hasta la noche y regresaba para prepararle la cena a Ofelia.
Mónica no ocultaba su desprecio.
—La colección está inspirada en la transformación de la naturaleza mexicana —explicó durante una reunión—. No necesitamos convertirla en una clase de costura.
Luciana levantó uno de los vestidos.
—Entonces explíqueme por qué 5 de las 7 piezas principales tienen el mismo peso, la misma caída y casi la misma silueta.
—Es unidad estética.
—No. Es repetición. Si la colección habla de transformación, debe empezar ligera, crecer, romperse y reconstruirse. Ahora mismo todas las piezas cuentan exactamente el mismo momento.
La sala quedó en silencio.
Gabriel se acercó a los maniquíes.
—Tiene razón. Cambiaremos el orden y sustituiremos las bases de las piezas 4 y 6.
Mónica apretó los labios.
A partir de ese momento, la hostilidad dejó de ser sutil.
Durante una madrugada de trabajo, Luciana encontró a Gabriel observando una chaqueta bordada por Ofelia.
—Mi abuela también bordaba —confesó él—. Mi padre se avergonzaba. Cuando empezó a ganar dinero, le pidió que dejara de coser porque decía que lo hacía parecer pobre.
—¿Y ella dejó de hacerlo?
—Nunca. Decía que abandonar sus agujas sería como borrar el camino que la había llevado hasta allí.
Luciana sonrió.
—Mi madre dice que cada prenda guarda un poco del cansancio de quien la hizo.
—Mi abuela decía lo mismo.
Por primera vez, Gabriel dejó de parecerle el heredero de una empresa. Era solo un hombre recordando a alguien que amaba.
La cercanía entre ambos creció en pequeños momentos: una taza de café abandonada junto a los patrones, una conversación durante la cena, una mirada compartida cuando una prenda finalmente caía como debía.
Gabriel escuchaba sus opiniones, incluso cuando eran incómodas.
Luciana descubrió que él conocía los nombres de casi todas las costureras y que estaba intentando cambiar prácticas heredadas de su padre.
En el sexto día ocurrió la primera crisis.
El proveedor de broches metálicos canceló la entrega. Sin ellos, 12 prendas no podían cerrarse. Mónica propuso aplazar el desfile.
—Eso destruiría los acuerdos con compradores internacionales —dijo Gabriel.
Luciana llamó a Ofelia.
—Mamá, ¿sigues en contacto con don Rogelio, el artesano de Taxco?
—Claro. ¿Qué necesitas?
En menos de 4 horas, Luciana diseñó un broche más pequeño, inspirado en una semilla de jacaranda. Rogelio aceptó fabricar las piezas durante la noche con ayuda de su familia.
—Costará más —advirtió Luciana—, pero necesitaremos menos broches por prenda. El resultado será más limpio.
Gabriel revisó el diseño.
—Hazlo.
Mónica golpeó la mesa.
—No puede cambiarse un elemento central de la colección por la ocurrencia de una consultora.
—No es una ocurrencia —respondió Gabriel—. Es una solución.
Al día siguiente llegaron los broches. Eran más hermosos que los originales.
Sin embargo, pocas horas antes del ensayo general, una asistente gritó desde la zona de almacenamiento.
La organza bordada por Ofelia había sido cortada.
Una larga abertura atravesaba el panel central. No parecía un accidente. Alguien había pasado una cuchilla por las hojas bordadas, destruyendo casi 2 meses de trabajo.
Luciana sintió que el aire desaparecía de sus pulmones.
—No puede ser —murmuró.
Mónica examinó el daño.
—Tendremos que retirar el vestido final.
—Ese vestido es el centro de la colección —dijo Gabriel.
—Entonces alguien debió cuidar mejor la tela.
Luciana levantó la cabeza.
—Solo 5 personas tenían acceso a este cuarto.
—¿Está insinuando algo? —preguntó Mónica.
Antes de que pudiera responder, llegaron 2 policías acompañados por el jefe de seguridad.
—Recibimos una denuncia por robo de diseños confidenciales —dijo uno de ellos—. Necesitamos revisar las pertenencias del personal.
En el bolso de Luciana encontraron una memoria electrónica con archivos completos de la colección.
Mónica llevó una mano al pecho.
—Sabía que no podíamos confiar en alguien que apareció de la nada.
Gabriel miró la memoria. Después miró a Luciana.
—Yo no puse eso ahí —dijo ella.
—Señor Alcázar —insistió el policía—, ¿quiere presentar cargos?
Toda la sala esperó.
Gabriel tomó la memoria y la colocó sobre la mesa.
—No.
Mónica abrió los ojos.
—¿Qué está haciendo?
—Luciana no necesita robar estos diseños. Ha corregido la mitad.
—Está cegado por ella.
—Tal vez. Pero no soy estúpido.
Gabriel ordenó revisar las cámaras. Descubrieron que la grabación del pasillo había sido borrada durante 17 minutos. El encargado de sistemas confirmó que la eliminación se hizo desde la computadora de Mónica.
Ella palideció.
—Cualquiera pudo usarla.
Entonces Teresa, la administradora, entró con un teléfono en la mano.
—Encontré esto en la papelera del cuarto de la señora Mónica.
Era un mensaje enviado a una empresa competidora. Mónica había prometido sabotear el desfile a cambio de un puesto como directora creativa. Había cortado la tela, colocado la memoria en el bolso de Luciana y planeaba culparla públicamente.