PARTE 1
Elena Ruiz sintió que se le helaron las manos cuando abrió la puerta de la habitación 304.
Sobre la cama de terapia intensiva, junto al cuerpo inmóvil de Alejandro Cárdenas, estaba una niña de 8 años con vestido verde gastado, sandalias viejas y
una trenza mal hecha.
Alejandro no era cualquier paciente.
Era dueño de constructoras, hoteles en la Riviera Maya y media colonia elegante de Polanco hablaba de él como si fuera intocable.
Llevaba 3 meses en coma después de un accidente en carretera, sin reaccionar a médicos, aparatos ni a las visitas frías de su prometida.
Pero la niña le sostenía la mano como si lo conociera de toda la vida.
—Niña, ¿qué haces ahí? —susurró Elena, intentando no gritar.
La pequeña volteó con una calma que desarmaba.
—Shhh… no lo despierte. Está soñando bonito.
Elena avanzó para bajarla de inmediato, pero se detuvo al mirar el monitor.
El pulso de Alejandro, que casi siempre se mantenía plano y triste, mostraba pequeños picos.
No era una crisis.
Era una respuesta.
—Aquí solo puede entrar la familia —dijo Elena, bajando la voz—. Este lugar es restringido.
La niña acarició los dedos del hombre dormido.
—Yo no soy familia. Pero él está bien solito.
Aquella frase le pegó a Elena como una cachetada.
Porque era verdad.
A Alejandro lo visitaban su prometida Paulina Del Valle, impecable, perfumada, siempre con lentes oscuros, y su abogado, que preguntaba más por poderes
notariales que por su salud.
Nadie le hablaba con cariño.
Nadie le preguntaba si escuchaba.
Nadie se quedaba más de 10 minutos.
—¿Cómo te llamas? —preguntó Elena.
—Lupita.
—¿Y cómo entraste, Lupita?
—Mi mamá limpia este piso en la noche. A veces no tiene con quién dejarme y me quedo en el cuartito de los trapeadores. Un día escuché que este señor
daba pena, porque todos querían sus firmas, pero nadie lo quería a él.
Elena tragó saliva.
Lupita siguió hablando como si aquello fuera lo más normal del mundo.
—Entonces vine. Le conté que en mi escuela me da miedo leer en voz alta. Que mi gatita se llama Pancha. Que mi mamá llega tan cansada que se duerme
con el uniforme puesto.
Los dedos de Alejandro temblaron apenas.
Elena lo vio.
Y esa vez no pudo decirse que era un reflejo cualquiera.
—¿Vienes todos los días?
—Cuando puedo. Él sí me escucha. Los dormidos también se sienten solos, ¿a poco no?
Elena no supo qué responder.
Entonces Lupita empezó a cantar una canción de cuna, bajito, desafinada, con esa ternura que solo tienen los niños que todavía creen que una canción
puede arreglar el mundo.
El monitor subió.
Los párpados de Alejandro se movieron.
Y justo cuando Elena iba a llamar al médico, unos tacones golpearon el pasillo.
Paulina apareció en la puerta con un abogado detrás.
Vio a la niña.
Vio la mano de Alejandro cerrada sobre la de Lupita.
Y perdió el color.
—¿Qué demonios está pasando aquí?
Lupita la miró tranquila y dijo:
—Él no quiere que usted firme nada. Ayer, cuando usted habló de los papeles, lloró.